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El Cronicón Cinéfilo

Mi Vecino Totoro: El Laberinto del Troll

Mi Vecino Totoro:

El Laberinto del Troll

© J.P. Bango

Al principio, la madriguera del conejo se extendía en línea recta como un túnel, y después torció bruscamente hacia abajo, tan bruscamente que Alicia no tuvo siquiera tiempo de pensar en detenerse y se encontró cayendo por lo que parecía un pozo muy profundo. (Fragmento de Alicia en el País de las Maravillas de Lewis Carroll)


...Por ejemplo, en Mi Vecino Totoro (Tonari no Totoro), 1988.

M

iyazaki olvida la épica y utiliza buena parte de su universo conceptual para contar una historia lírica e intimista, lúcida y sensible, situada en las antípodas mismas de la espectacularidad: una evocación en formato celuloso del mundo infantil y sus servidumbres imaginativas enmarcado en un entorno bucólico, enternecedor y refulgente, que servirá de perfecto ensayo (para muchos, representa mucho más que esto) de su obra más universal y reconocida: El Viaje de Chihiro.

 


 

Mientras esto ocurre, Miyazaki nos cuenta la historia esencialmente idealizada de este profesor universitario y sus dos hijas que se trasladan de la ciudad al campo para construirse un nuevo hogar alejado del ruido y de la polución, adoptando los ritos y las costumbres locales, un modo de vivir distinto, y una conciencia humanista y depurada, al tiempo que se acercan al río y a sus habitantes, a los campos de arroz y a los árboles del bosque, y a todo lo que en él se contiene, por ejemplo: un universo paralelo que oculta, entre otros habitantes delirantes, a una comuna de trolls más o menos grandullones que sólo pueden ver los más pequeños.

Las hermanas Sitsaku y Mei, por alusiones, se enfrentan a este mundo rural pero mágico alentadas por la curiosidad: observan todo y cuanto sucede ante ellas, obligan a los “duendes del polvo” a abandonar su recién adquirida vivienda, persiguen bellotas a través del bosque frondoso, cruzan túneles misteriosos que llegan a madrigueras ocultas en el seno de un árbol milenario, descubren a un extraño ser que la pequeña Mei (el mejor personaje de tres años de la historia del Cine) identifica como un “Totoro”...

Despierta la niña después, como no podía ser menos, en mitad del bosque y enfebrecida, tratando de explicar a su comprensivo padre y hermana la causa de su fugaz desaparición. Ninguno de los dos la reprende y su hermana mayor la cree: ese árbol ancestral no puede albergar otra cosa que los trolls que la niña dijo ver. Y ambas se invitan a volver a verlo. Entre tanto, disfrutan del campo, conocen a sus vecinos, van a la escuela (teniendo derecho a ello o no), escuchan las historias de su anciana vecina, y esperan a que llegue su padre, casi siempre ausente, en la parada del autobús, mientras la lluvia se adueña de la noche. En ese contexto suculento, las dos hermanas no tardarán en reencontrarse con el misterio.

Mi Vecino Totoro se convierte en la primera obra indiscutible de Hayao Miyazaki. Construida sobre un entramado que permite hasta el final mantener la ambigüedad sobre la certeza de las visiones de las niñas, será la primera de las producciones Ghibli que abandona la espectacularidad de las luchas colectivas y las batallas aéreas para centrarse a contar una historia intimista, alimentada por la imaginación de las niñas y repleta de detalles, seguramente, autobiográficos que dotan aún de mayor trascendencia dramática, si cabe, a las imbricaciones emocionales que sugiere esta película.

El resto lo define el miedo. El miedo a los espectros que terminarán huyendo en la negritud de la noche, coaccionados por las risas de una familia unida conjurada para combatirlos. El miedo al desequilibro ambiental que pone el riesgo la comunidad vitalista que las cobija. El miedo a la ausencia de los mayores, víctimas de padecimientos cuya naturaleza las pequeñas no aciertan a comprender... Pero lejos de recrearse en el infortunio o en la fatalidad (al igual que la contemporánea cinta de la Ghibli, la inmensamente triste y necesaria La Tumba de las Luciérnagas de Isao Takahata), Miyazaki apuesta por una reivindicación expresa del buen talante, la amistad y la imaginación (como modo de escapar de la realidad) para compensar los desafectos que podrían definir las vidas de las niñas, entre ellos, la enfermedad grave que asola a la madre.

 


 

Para conseguirlo, Miyazaki se apoya en la estructura aristotélica clásica con un prólogo determinante para concluir la enérgica curiosidad de las dos hermanas y el tono bucólico y tierno que va a envolver a todo lo demás; una primera parte, armónica y vitalista, previa a la aparición de sendos túneles (el sendero que conduce hacia la casa, y aquel que llega a la madriguera de los Totoros), puntos de inflexión de la historia que van a terminar de ubicar contextualmente a Mi Vecino Totoro en el subplot que más le gusta a Miyazaki: el mundo en entrevela de Alicia en el país de las maravillas. Y es en este submundo, imaginativo y jugoso, donde la película va a desarrollar su núcleo argumental, definido por soluciones perspicaces y fantasiosas, dignos preludios de una tercera parte conmovedora e intensa, protagonizada por un clímax descarnado que encuentra en el sentido de la ausencia a su leitmotiv.

A los espectadores contemporáneos nos les resultará difícil advertir referencias de Mi Vecino Totoro (entre otras películas y cuentos) en El Laberinto del Fauno de Guillermo Del Toro, no en vano, un confeso seguidor de esta película. Ambas asumen como punto de partida, la coexistencia de dos mundos paralelos (el real y aparentemente menos real), que de vez en cuando se funden en función de las necesidades emocionales de las protagonistas.

El mundo aparentemente onírico (las niñas se despiertan en la cama después de uno de sus encuentros con el Totoro) en el que sumergen las niñas obtiene su génesis de las desgracias que sugieren el mundo de los mayores. La presencia de los Totoros, unos espíritus afables y solícitos que solo ven los niños, representa la prueba de que la magia todavía es posible y que en ese mundo feérico, diríase que de entrevela, todavía prevalecen las utopías. Por ejemplo, que los buenos triunfen sólo con pedir ayuda a un duendecillo del bosque.

Lo más destacado: el tono bucólico del todo.

Lo menos destacado: que solo un niño pueda disfrutarla en plenitud.

9 comentarios

Creative Recreation -

You introduction is detail, thank you so significantly information, but why do not you deliver some reference photographs?

raul -

La Tumba de las Luciérnagas... sin duda la mejor peli de anime que he visto en mi vida... y creo que será la última que veré, pues no quiero conocer alguna que la supere...

Anónimo -

up

Budokan -

Este es uno de mis films preferidos en relación a este maestro de la animación japonesa, la verdad que tu blog es muy interesante. Saludos!

dul. -

buenísimo, gracias!
andaré buscando esas cosas pues, y leerélo luego comentándolas.

saludos!

J.P. Bango -

Todas las películas del estudio Ghibli poseen el estilo Miyazaki, en mayor o menor medida, dirija él o no las películas.

Yo recomiendo, el cine de su socio Isao Takahata, y en concreto, La Tumba de las Luciérnagas, no solo una de las mejores películas de animación de la historia, también la más triste y necesaria.

Y que complementa sobremanera el visionado de Mi Vecino Totoro, por cierto.

En breves fechas, la reseñaré también en este Cronicón.

Un saludo.

dul. -

Conocés otros directores de animación del estilo de miyazaki?
Te lo pregunto porque te noto muy eurdito jaja

Saludos!

J.P. Bango -

Interesante reflexión, sin duda alguna.

Tampoco creo que la ambigüedad de la cinta fuera concebida ab initio. Como dices, forma parte de los "pedazos no sistematizables" de los que se acostumbra a nutrir su cinematografía; pedazos, por cierto, especialmente jugosos en segundos y terceros visionados.

Lo mejor de todo es que cualquier análisis de su obra se queda corto. Así de fascinante es.

Saludos cinéfilos.

dul. -

vuelvo a las pelúculas de miyazaki.
hace poco reví totoro. la había visto de muy chica y en japonés sin subtítulos.

tal vez sea por eso, no sé, pero a mí en ningún momento me pareció que la película planteaba la duda acerca de la existencia de totoro. a pesar de lo onírico que resulta ese viaje en bus.
no sé, me pareció que la película entraba, en esa clasificación insoportable q hace todorov, en lo 'maravilloso'. no sé si será verdad o no lo de los totoros, pero no es una problemática que plantee la película. me parece..

por otra parte, y en realidad como consecuencia de lo anterior, tampoco entendí el problema de la madre como causante del divague. de hecho lo de la madre hospitalizada me pareció como una de esas cosas que se le escapan a miyazaki, como pedazos no sistematizables. lo digo más bien en función de el castillo vagabundo, que no tengo la más mínima idea de cómo la entiende un pibe.
pero no sé, debés tener razón vos, porque para mí totoro es como 'aaaaaaaaaahhh' así que seguro que no entendí ni una.

saludos!!!
dul.