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El Cronicón Cinéfilo

Nicky, La Aprendiz de Bruja: Aprendiendo a Vivir

Nicky, la Aprendiz de Bruja

Aprendiendo a vivir

© J.P. Bango

“Era feliz volando hasta que empecé a trabajar…”


Y lo hará con Nicky. La aprendiz de bruja (Majo no takkyubin), 1989, uno de los títulos más emotivos de su filmografía.

 

 

 


Nicky, Kiki o cómo prefieran (y es que, que mala suerte tiene Miyazaki con la elección de sus títulos), es una bruja preadolescente que emprende su particular viaje iniciático al interior de una ciudad forastera a la que llega inducida por una tradición de índole familiar que incita a las brujas de su edad a abandonar su casa durante una año con vistas a culminar su período de aprendizaje.

La moraleja que lleva implícita esta decisión nos trae a colación el recuerdo, siempre presente, de la adolescencia y sus servidumbres biológicas de la mano de una niña que pronto dejará de serlo por culpa del avance de la edad. En esta tesitura, la pequeña bruja inicia un viaje de transición a las entrañas de si misma antes de que los cambios físicos a los que la empuja su metabolismo terminen por edificar el cuerpo de la mujer que acabará siendo. Pero el film de Hayao Miyazaki va más allá de reflejar los problemas prototípicos de la pubescencia (atracción hacia el sexo contrario incluido), centrándose en otros aspectos, no menos trascendentes, que ya no tendrán tanto que ver con el cambio de edad como por el de estatus.

Nicky/Kiki abandona el calor de su familia, su protección y mecenazgo, para enfrentarse al mundo de los adultos en una gran urbe costera. Con trece años, emigrante rural en una ciudad repleta de tipos adustos y personalidades insensibles, lo primero que debe hacer es encontrar cobijo, buscarse trabajo, y sobrevivir como pueda a su decisión, al tiempo que va forjando su magia y poderes y entabla nuevas amistades al margen de la que tiene con su gato negro (que de forma paralela también va a sufrir un mismo proceso evolutivo: por cierto, otro de los grandes aciertos de la película).

Miyazaki articula su relato entorno a la psicología del contraste. Va a comparar el modo de vida rural con el urbano, el mundo afectivo y el profesional, el mundo de los adultos y el de los más pequeños (todas ellas constantes en la filmografía del cineasta), e incluso se va a permitir el lujo de juzgar el comportamiento de una nieta que no merece serlo con aquella que sin serlo llora cuando la tratan como tal… en una de las cumbres emocionales de la cinta. De nuevo, va a ser una niña –en este caso una pequeña aprendiz de bruja-, la que está dotada de un sentido especialísimo que la permite percibir el mundo de una manera diferente, haciéndola capaz de interrelacionarse con el universo paranormal, por ejemplo, entablando conversaciones dialécticas con su gato. De hecho, cuando dejan de entenderse entre sí, podemos imaginar que ambos están a punto de ser investidos con el don de la madurez, haya o no gatas níveas o chicos con jersey de rayas rojas de por medio.

Nicky. La aprendiz de Bruja, reúne buena parte de los tópicos de la filmografía de Miyazaki: aparatos voladores, protagonistas secundarios de gran carisma, un clímax emotivo, y una ambientación europeísta de principios del Siglo XX, como envoltorio cromático de un relato de iniciación. Si bien, esta vez la edad de la protagonista es mayor que en Mi Vecino Totoro o en Laputa, aspecto que nos sugiera la idea de la transición hormonal, lo que realmente trata de contarnos con esta historia es la necesidad de emancipación como un modo natural para conseguir los fines. Y si bien, al principio, la tarea es ardua, el mundo al que se enfrenta... hostil, y la rémora emocional subyacente... conmovedora, la pequeña Nicky/Kiki consigue salir adelante, más o menos sola y, en cualquier caso, sin el apoyo de sus padres, otra vez ausentes (como tantas veces en la filmografía de Miyazaki), redundando en la idea de que no estamos en presencia de un aprendizaje ritual sino de una emancipación en toda regla. De hecho, su prólogo ya nos advierte que la madre de la protagonista, en una situación parecida, terminó por instalarse definitivamente en la comunidad en la que recayó.

Sin embargo, a pesar del tono grave y afectado de todos y cada uno de los subplots que definen tangencialmente a esta obra, en ningún caso pretende el director concebir su historia en términos de complejidad. De hecho, Nicky La aprendiz de Bruja, tanto en planteamientos como en su corolario, es la película menos adulta de su filmografía resultando, quizá por ello, una de las cintas más minusvaloradas de la crítica. Pero esta apariencia externa unida al tono edulcorado de su argumento (la joven bruja termina por crear un servicio de entregas a domicilio gracias a su pericia con la escoba voladora mientras se va enamorando de un joven de la localidad) no debe inducirnos, en efecto, a pensar que estamos en presencia de una obra superficial o prescindible. Es más, no es difícil advertir en su entramado la mayoría de las constantes conceptuales y formales también presentes en el resto de la filmografía del director, así como la presencia de arquetipos especialmente reconocibles en sus últimas obras y que forman parte, también por esta película, de la marca Miyazaki, por ejemplo: la abuela tierna y cómplice que ayuda a la protagonista, la niña de gran determinación y comportamiento valeroso que se enfrenta a todo y a todos con tal de conseguir su propósito (y sin dejar de ser educada) e, incluso, la existencia de un zeppelín volador que será protagonista climático de toda la parte final.


Siendo una película de transición, como ya dijimos, Nicky. La aprendiz de Bruja sigue siendo una obra sobresaliente, que permite a Miyazaki acercarse a un territorio colorista para contar a los niños (y desde el punto de vista de una niña) cómo es aquello que se van a encontrar cuando crezcan. No hay lugar aquí, entonces, para la lucha de civilizaciones ni para rivalidades inmersas en perpetuas querellas ni para malvados deseosos de conquistar el mundo, pero sí lo hay para una niña, educada, valerosa y sensible, que trata de hacerse un hueco en el implacable mundo de los mayores sin que ello le obligue a renunciar a la magia que una vez la caracterizó.


Y nosotros, espectadores barbados y adultos, volvemos a quedar vencidos ante la efectividad de esta historia de extracción humilde y destinatario infantil que obtiene de su resultado, sin embargo, un alcance universal y emocionante.

Lo más destacado: su marcado carácter ecuménico.

Lo menos destacado: que su aspecto colorista y sensible distraiga la atención del espectador más prejuicioso.

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