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El Cronicón Cinéfilo

La Princesa Mononoke: Rebelión en el bosque

 

La Princesa Mononoke:  

Rebelión en el bosque

© J.P. Bango

 
 

B

uena parte de las virtudes formales y agasajos varios ya comentados antes, podían aplicarse también a esta superproducción de los estudios Ghibli que trataba de dar a conocer el particular ideos-cosmos de Miyazaki a un universo de espectadores, digamos, más cosmopolita y ecuménico. El recuerdo de Nausicaä sigue presente pero el cineasta japonés no se conforma con la autorreferencia, concibiendo un supramundo deslumbrante definido  por  la complejidad y energía de los personajes, y por la fuerza de un discurso, todavía hoy, plenamente vigente. 

La Princesa Mononoke (Mononoke Hime), 1997,  explora vertientes argumentales clásicas con el no menos clásico subtema de “la maldición” como telón de fondo, envueltas, como es habitual en la casa, en texturas singularmente espectaculares que alcanzan su cenit en el moldeado de un bosque de apariencia preciosista y mágica, donde los espíritus caminan sobre el agua y los dioses animales se transfiguran en demonios iracundos reivindicando la supervivencia de un ecosistema siempre corrompido por la imparable y devastadora codicia humana.

Soluciones imaginativas, todas ellas, que ornamentan esta película de factura deslumbrante que apoya su entramado en cimientos universales (respeto ecológico, amistad, lealtad, empatía), del todo punto suficientes para soportar más de dos horas de cine de aventuras espectacular y cimbreante, característica de ascendencia gozosa que también define a esta indispensable cinta de animación del gran Hayao Miyazaki.

Y es que si hay algo que caracteriza su Cine, en general, y a La Princesa Mononoke, en particular, es la densidad dramática que precisa las conciencias de sus protagonistas, aquí singularizadas en cuatro personajes francamente seductores que renuncian, y de qué modo, a su condición de meras marionetas animadas al soportar sobre sus hombros de lápiz y acuarela, el peso de un argumento fascinante:

a) Ashitaka, príncipe desterrado, joven guerrero perteneciente a una cultura milenaria que se cree desaparecida al abrigo de las leyendas y los rumores de bosque, asesino de un Dios convertido en Demonio que amenaza con destruir su aldea; infectado en esa contienda por la misma maldición insana que otrora corrompió y destruyó a aquel engendro diabólico y, por ello, condenado a buscar una cura, su cura, o, al menos, a comprender la naturaleza de aquello que lo envenenó antes que el propio veneno termine de acabar con él.

b) San, la princesa-lobo, una adolescente vehemente, aliada de las bestias que pueblan el bosque, líder espiritual de una jauría de lobos que lucha con todas sus fuerzas para liberar su hábitat de los predadores humanos; condenada a defender a los suyos hasta su último suspiro, contra todos y todas, en especial contra Lady Eboshi, su antagonista racial, aquella contra la que dirige buena parte de su ira, la causa última que justifica su cruzada, su guerra.

c) Lady Eboshi, la antagonista perfecta, de personalidad compleja y seductora, dueña de una fundición de hierro conquistada a la selva y por ello: en perpetua lucha con la niña-lobo; puente entre dos eras opuestas: la tradición y el modernismo; liberadora de prostitutas en sus ratos libres; empleadora de leprosos en su propia fábrica de armas y, también por ello, adalid del progresismo tecnológico al servicio del más poderoso; líder de gran carisma, regente de una ciudad de frontera; mujer solitaria enfrascada en una reyerta cuyas singularidades tardará demasiado tiempo en comprender.

d) Jiko, un funcionario escondido bajo los hábitos de un campesino aviejado, un hábil cazador que pretende un sueño inconquistable y que, entremedias, se dedica a conspirar a espaldas de muchos y a jugar al ajedrez con el destino de los otros, y gracias a ello, invitado a sacar tajada de una guerra sempiterna que, en último término, posibilitará que pueda hacer frente (y conquistar) su anhelado objetivo de vida.

Cinta de personajes, pues, la película tiene que completar su largo metraje con un buen número de secuencias definitorias de tantos y tan complejos caracteres y de otras tantas tramas, más efectistas y extremas, que debilitan su ritmo y compás, haciendo que su visionado se resuelva con una cierta letanía, compensada, sin embargo, por la fastuosidad dimanante del conjunto, por el poder subyugante y arrollador que transmiten todas y cada una de sus escenas.

Ashitaka, San, Lady Eboshi y Jiko, representan la punta del iceberg de un argumento complejo y enredado, que permite múltiples lecturas y una única conclusión: que el Cine de Miyazaki va mucho más allá de lo que sugieren sus primeros visionados. No hay mejor forma de probar la mayoría de edad de un Autor incontestable.

Y después nos queda la música de una película fabricada al albor de la mayestática composición de Hisaishi, individuo marciano capaz de vertebrar sobre un pentagrama la esencia del mejor cine de aventuras sin renunciar ni a una sola de las notas magistrales que un día cercano acabará confirmándole como uno de los mejores compositores de la contemporaneidad.

Mientras esto ocurre y a su abrigo y amparo, Miyazaki disecciona esta compleja fábula de aires legendarios, combinando espectacularidad con intimismo, paisajes coloristas con animales cubiertos de ira, texturas de fantasía animada con momentos de sublime emoción, envoltorio formidable, en fin, de una historia, ésta, sutilmente hermosa, extrañamente universal.

Lo más destacado: la complicidad que dimanan todos y cada uno de los personajes, dioses y arces rojos incluidos.

Lo menos destacado: el dilatamiento innecesario del clímax final.

 

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