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El Cronicón Cinéfilo

Soy leyenda… porque el cielo me ha hecho así

 

Expresa, con atinado verbo, Hernán G. Silvosa en su defensa del Cine como espectáculo de imprescindible disfrute en una pantalla grande, que “ir al cine es renunciar a las reglas de lo cotidiano y sumergirse en un trance onírico, dejarse llevar por la monstruosidad de una imagen gigante y maravillosamente incontrolable, siempre desquiciada y perversa”.

 

 

 

Como si quisiera demostrar con hechos el fundamento de este comentario, Francis Lawrence, autor de la despreciable Constantine, hace de los primeros minutos de Soy Leyenda (incluso en su prólogo cervatino), una experiencia espectacular y turbadora, donde el terror proviene de la vacuidad de los entornos y de la grandeza de los espacios, expresada de forma metafórica a través de una camada de rascacielos silentes, restos cómplices de un devenir que ha condenado a la humanidad para siempre dejando a cambio, y únicamente, el rescoldo humeante de una civilización —conoceremos la causa a través de flashbacks—, literalmente, deshecha a pedazos.

Haciendo protagonista a la expectación y al suspense, Lawrence logra en este segmento introductorio que comprendamos a Neville y a sus motivaciones, que suframos por su soledad y por el misterio que envuelve su existencia y, sobretodo, por aquello que amenaza su propia vida. Y es que el terror se atisba y huele en cada rincón, no necesariamente oscuro, y no porque al otro lado de la esquina puedan ocultarse los colmillos de una leona famélica, o un nido de sanguijuelas sedientas de sangre y carne, sino porque sus huesos se saben presos de una ciudad que lo mantiene atrapado en la incertidumbre, testigo y sufriente de una pregunta cuya respuesta, Robert Neville, no se atreve a resolver: ¿realmente es el último hombre vivo sobre la Tierra ?

“En aquellos días nublados, Robert Neville no sabía con certeza cuándo se pondría el sol, y a veces ellos ya ocupaban las calles antes de que él regresara. Durante toda su vida, la hora del crepúsculo estaba relacionada con el aspecto del cielo, y por lo general, prefería no ale­jarse demasiado”

Con la única compañía de su perro y de su reloj tintineante, Neville se adentra en la ciudad buscando despojos de esa civilización que ya no existe, tratando de proveerse de aquello que aún le pueda hacer falta, por ejemplo: especímenes que le ayuden a resolver la ecuación que ahora define su existencia: ¿podrá revertirse la enfermedad que ha convertido la humanidad en vampiros?

El interés de Soy Leyenda se desvanece cuando comprobamos que los vampiros no son sino raras formas travestidas de carnes infográficas, apresuradamente renderizadas para solaz disfrute del público adolescente, y que la intrahistoria mathesiana que definía a Neville (supervivencia, evolución) se han transmutado en epítomes adaptados a los nuevos tiempos (liturgia y religiosidad).

Francis Lawrence vuelve a tropezar, (¿y van…?), en una adaptación pero más aún lo hace un sistema de producción demasiado acostumbrado a invertir en estruendo y en aparatosidad en lugar de hacerlo en inventiva y talento, confundiendo la idea de espectáculo-disfrutable-en-pantalla-grande con ruido y explosiones a granel, que además se ven sazonadas de un extraño componente ideológico, de clara ascendencia shyamalanista, cuyos epítomes litúrgicos van a vertebrar un colofón donde la última esperanza de la humanidad la otorga los restos de una comunidad eclesiástica. La idea del mesianismo no es nada nueva en el cine de ciencia ficción contemporáneo, como bien pudimos disfrutar y sufrir en Matrix, pero resulta absolutamente fuera de lugar en una película, ésta, donde el carácter heroico del superviviente, su carácter contumaz y locuelo, viene pervertido por la influencia de dos ángeles custodios que no se sabe muy bien de dónde salen pero sí qué (dogmáticos) propósitos persiguen.

Soy leyenda es, en fin, mucho menos de lo que promete, no ya en sus taglines sino en su abrumadora primera media hora, sueños del protagonista incluidos. Pero es lo que tiene el cine de Hollywood, cuyos resultados se saben terriblemente influenciados por el gusto de aquellos que pagan las facturas; tanto que son capaces de convertir una gozosa metáfora sobre el futuro de la humanidad en una explotation mística de andar por casa.

Una lástima.

Lo más destacado: que a pesar de los pesares y los altibajos, su hora y media fluye con cierto [r/v]igor rítmico.

Lo menos destacado: la presencia de personajes (no todos maniquís o vampiros digitalizados) totalmente prescindibles.

Calificación: 5,4

6 comentarios

Fran -

Gracias... y perdón por la molestia.

J.P. Bango -

Enlace(s) actualizado(s), camarada(s).

Y sí: los vampiros renderizados de Soy Leyenda van en contra de las aspiraciones de la propia historia. Alguien debió preverlo cuando aún se estaba a tiempo...

Fran -

Desde luego. Se deshincha como un globo y tampoco es que empiece muy alto. Es realmente asombroso cómo se puede desperdiciar tantas posibilidades de forma impasible, cualquiera diría que tomaron una plantilla de una serie para TV y extendieron el guión para llenar dos horas. Cuando vi a esos vampiros inanes, comparandos con los personajes de la novela, me quedé atónito.

Por cierto, J.P., tienes un enlace caducado en la lista de blogs. En 'Otros temas', "Las Crónicas del Tecnomante" se mudó a http://www.franontanaya.com/blog/

Dr Zito -

No he visto soy leyenda porque gente de confianza me sugirio que su verdadero titulo deberia haber sido "No soy leyenda". Su texto me lo confirma.
Me quedo también con la frase introductoria de su post. Muy aplicable a quienes recientemente criticaban REC y Coverfield.

J.P. Bango -

Corregido. Gracias, camarada.

Javier -

Supongo que a estas alturas ya habrás leído mi reseña sobre este subproducto infecto llamado "I am Legend", así que ni me voy a molestar en numerar en cuántos puntos coincidimos.

Te escribo al correo hoy o mañana.

PS: ese "porque" del título va junto, camarada.