Blogia
El Cronicón Cinéfilo

Historias de Cine: el escozor

En el cine siempre ganan los buenos, aunque sean feos y artríticos. Quiero decir, que la rubia de ojos azules a la que esperaba aquel hombre que se encontraba al otro lado de la calle asido a un ramo de flores no debería ser tan inaccesible como parecía, pues él era el bueno y ésta era su película, más y cuando por la mañana ella había aceptado su propuesta sin torcer el gesto, antes al contrario, regalándole una de aquellas sonrisas que solo saben pronunciar las ninfas, la más deseable de las cuales se acercaba en ese preciso momento moviendo de un lado a otro sus apetecibles caderas y su falda minúscula para deleite y disfrute de aquella camada de taxistas que esperaba, frente a la estación de metro, que salieran los turistas para darles “una vuelta” por Madrid.   

Cuando le pidió dinero a cambio del sexo no podía creer lo que oía, es decir: ¿acaso no trabajaba ella en un banco?, ¿qué demonios hacía metida en la prostitución? Cuando recuperó el pulso y el habla expresó nuestro amigo su indignación pero ella seguía a lo suyo. “Acepto tarjeta de crédito”, concluyó mientras se vestía.  Cuando el buen hombre la sacó,  ella trató de ofertarle una Visa Oro, “con grandes descuentos para usted, faltaría más”. “Cortesía del banco” añadió, “y de su director, que también le tiene en buena estima”. 

“Si quieres”, añadió por compasión ante el gesto circunspecto de aquel tipo, “el fin de semana podemos quedar de nuevo. Fuera del horario de oficina hago descuentos, más aún en tallas pequeñas”. Con una nueva punzada en el corazón se despidió el hombre de la puta, que volvía a su casa feliz y radiante y con doscientos euros más en su cuenta corriente. Salió del motel sin renunciar a aquella sonrisa ni a la comisión por haber contratado una nueva tarjeta de crédito. El hombre, sin embargo, siguió en la habitación sumido en la penumbra,  con los pantalones bajados y con pocas ganas de subirlos. 

Tardó un mes en volver al banco y cuando lo hizo, ella pareció no reconocerlo. Tras sus gafas de ejecutiva y su atractiva pose ahora no veía a una ninfa, como antaño, sino a una arpía, incluso cuando con su dulce voz le decía que el contrato de su hipoteca ya estaba aprobado a falta de los rigores de la firma y de una última reunión con el director que, cortésmente, ya le esperaba en su despacho. 

El director del banco también se mostró radiante al estrecharle la mano, más aún cuando le ofreció su pluma para que firmara aquel contrato maldito que hipotecaba su futuro no menos de cincuenta años. Cuando el director sacó el tarro de vaselina y lo puso sobre la mesa, intuyó el cliente el siguiente paso.  “Cuando quieras terminamos de formalizar el contrato”, rumió el director con un deje embebido de lascivia. 

Y, entonces,  nuestro amigo se dio la vuelta, agachó el orgullo, y apretó los dientes entre sí con tanta fuerza y aguante como pudo. En fin, cuando de niño soñó que sería protagonista de una de aquellas películas que veía por la tele nunca pensó que lo sería de una de Ken Loach. 

Aún le escuece, vaya que sí.   

3 comentarios

Budokan -

Hola me gustan estas historias de cine que nos regalas en cada ocasión. Saludos!

faraway -

Jajajajaj Bango, hoy te has puesto bastante maldito. Buenísimo el post. Felicitaciones.