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El Cronicón Cinéfilo

Historias de Cine: Enajenado

En el Drácula de Bram Stoker todos habían contado su experiencia en primera persona, menos Él.

El castillo:

Después de tantos siglos condenado a vagar sin rumbo por las servidumbres de la inmortalidad, me encuentro de bruces con mi destino enmarcado en una foto rebozada en bronce y plata: la imagen de una ninfa atrapada en el tiempo cuyos designios —me dice, ingenuo— le pertenecen en exclusiva. Le costará salir de los míos, eso puedo jurarlo.

El viaje:

Acopio enseres que bien podían hacerme falta al otro del canal: ropajes de estos tiempos, sombreros que no lo parecen, tierra de mi tierra, un baúl plagado de recuerdos..., y me embarco rumbo a lo desconocido esperando recuperar en mi destino el vestigio de un amor proscrito arrebatado por una guerra financiada, lo sé ahora, por servidores del Dios que hoy me repudia.

La Tempestad:

Llueve. No puedo eludir la zozobra que me provoca la necesidad de alimento y tengo que salir fuera para satisfacer el instinto que define mi condición animal. Vomito sangre entre la tormenta, embriagado por las almas que he de someter para seguir manteniendo a buen recaudo la mía. Pero cada vez estoy más cerca de ella. Podría detener la tempestad si quisiera.

Sangre:

Someto a aquella que la protege embebido de hemoglobina, sexo y laberintos de cuento, y me topo con ella al otro lado del jardín, empapada de lluvia y de deseo, tan arrebatadora y bella como siempre, ¡oh, destino!. La prohíbo que vea el aspecto de mi verdadero rostro y ya lo siento: hoy solo quiero saciar mi sed de sangre. Mañana, ya veremos.

La linterna mágica:

Rejuvenecido, paseo por las calles de una ciudad abierta y mestiza, donde un lobo blanco amenaza a los clientes de un salón de té tumultuoso, antes de rendirse —como yo mismo— seducido por aquella linterna mágica que estrella contra la pared fragmentos de las vidas de otros. Ahora sé que todo es posible estando ella tan cerca de mí.

La Princesa:

No sabe que ya es mía. Disimula su condición de hembra enamorada hablándome de los suyos, de dudas y recelos que dice tener, de esperanzas sustentadas en el trabajo de un gris empleado de inmobiliaria. Me considera un desliz furtivo, un hombre exótico y aventurero, un príncipe de cuento enajenado, mientras bebe otro trago de absentha al compás de la música prohibida. Sus ojos, iluminados por unas velas de ascendencia feérica, contienen los restos de la hermosa princesa que un día fue.

La niebla:

Convertido en niebla verde y densa atravieso la puerta esperando encontrarme su cuerpo y su voluntad, compartir con ella mi carne y mis desvelos, hacerla partícipe de un juego donde siempre pierde el inmortal. Ellos no lo comprenden e interrumpen el ritual a medio camino del éxtasis. Tratan de protegerla, ¡arrebatándomela!, sin comprender que —de veras— yo soy su salvación y ellos, individuos castrados por la moral, poco más que su condena. Pero en la noche soy más que una bestia; su cruz, ¡un vestigio pretérito en vías de extinción!

Acorralado:

No huyo, me repliego, tratando de buscar fuerzas en la tierra que me vio nacer, sin olvidar su aroma ni aquellos ojos liberados, ni sus labios recogiendo de mi pecho la esencia hemoglobínica de la que aun retiene mi sabor. Y si no lo comprenden peor para ellos. Hoy me sentí inmortal y lo seguiré siendo para siempre… con ella a mi lado.

La llamada:

Me arrinconaron en la ciudad mestiza robando mi tierra, matando a los míos, a quienes me sirven… No quiero venganza pero sí volverla a ver. Regreso al hogar herido en una batalla en la que hace tiempo debí haber participado y sé, a fe ciega, que ella vendrá tras de mí. Entonces, la llamo. Y mi voz solo es un eco que se pierde en las montañas. Y la reclamo, a pesar de que un círculo de fuego obstruye mis pensamientos, sabiendo que su conciencia –y alma- ya no es suya sino mía, y que los intentos de sus acompañantes pronto se sabrán baldíos cuando sus huesos se despeñen por este precipicio, tú y yo lo sabemos, que acabará conduciéndoles hacia el abismo. Ahora sé que no moriré sin verte otra vez.

El Sol:

El último estertor de este día interminable se asoma sobre mi cabeza segundos antes del anochecer. Me defiendo como puedo rodeado de unos tipos que no saben por lo que luchan: lo que tratan de evitar. La última punzada sobre mi corazón me arroja contra sus pies en esa capilla maldita que revela mi verdadera condición: la bestia humillada en que me he convertido.

Redención:

Regados en lágrimas contemplamos el techo que una vez sirviera para dar cobijo a nuestra lealtad. Tengo frío y tantas dudas que, tal vez, hoy sepa que ha llegado mi final. Mi cabeza yace postrada sobre los muslos de ella contemplando como se cierra el círculo que condenó nuestras vidas. También mi muerte, ya véis. Mas no muero… porque el amor nunca muere.

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