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El Cronicón Cinéfilo

La momia 3: la tumba del emperador dragón

Tiene La Momia 3. La tumba del emperador dragón, un cierto regusto a película ya vista, no ya porque imite las formas y la estructura de las entregas anteriores sino porque padece de un síndrome demasiado habitual en la Serie A hollywoodiense: el desprecio absoluto que profesa a la inteligencia del espectador medio.

 

No importa tanto su estereotipado macguffin o la nulidad con la que los actores occidentales despachan a los personajes que les ha tocado en suerte interpretar (desde María Bello -incapaz de hacer olvidar a Rachel Weisz- a Brendan Fraser –con cara de estómago necesitante- o Luke Ford –cuya falta de punch se hace patente cuando el argumento demanda de su parte algo más de carisma) o el indigesto exceso de CGI que ornamenta la mayoría de sus escenas o la gran cuota de secuencias de acción que no representan “acción” sino pirotecnia y artificio o lo ruidosa que resulta una banda sonora cuya única función es el subrayado cuando no hay en la película motivo alguno que subrayar; lo que más llama la atención es la extrema desidia con la que todo esto se muestra: desde su germen argumental (cuyos epítomes: amor-traición-venganza ya conocemos de sus precuelas) hasta su conclusión (convencional en su forma,  carente de trascendencia en su fondo), sumándole entre medias un compendio de clichés (ya vistos, además, en otras películas: El señor de los Anillos, En busca del Arca Perdida, Indiana Jones y el Templo Maldito…) y frases improvisadas (“¿te gusta ella, verdad hijo?”; “la mía es más grande”; etc.), cuatro invitados de excepción (todos Yetis, en uno de los cameos más prescindibles de todo el cine moderno) y un final que carece tanto de emoción como de estilo.  

 

Y eso, que estamos hablando de una película que ningunea los tiempos muertos, las reflexiones existenciales o el ritmo cadencioso; enemigos naturales de las grandes epopeyas de ascendencia palomitera. Y eso que tras sus créditos se oculta el propio Stephen Sommers (director de las dos cintas previas además de competente artesano al servicio del buen cine de aventuras para todos los públicos), que esta vez no dirige  porque lo hace Rob Cohen, el artesano en el que todo productor piensa cuando en el título reina un dragón de por medio (Dragon. La leyenda de Bruce Lee; Dragonheart. Corazón de Dragón…); artífice, por su parte, de uno de los mayores bodrios de los últimos tiempos: Stealth. La amenaza invisible. Consideración de la que no puede desprenderse, ni sabría como hacerlo,  este prescindible producto para todos los públicos. Una comedia que no hace gracia (nada nuevo en el horizonte), una aventura desposeída de riesgos e intriga;  una cinta de fantasía donde los más aburridos son aquellos momentos en que la imaginación echa a volar; una película, en definitiva,  cuyo presupuesto ni siquiera llega a justificarse en una batalla final donde lo que menos importa es su narratividad (mal endémico del cine contemporáneo), no así la confusión, el ruido y el odioso deux ex machina.

 

Todo junto conforma La Momia 3. La tumba del emperador Dragón: una de las peores películas del año.

 

Lo menos destacado: que no haya sabido extraer ningún jugo (y mucho menos comicidad) de las dos precuelas que la anteceden.

 

Lo más destacado: los títulos de crédito finales, antecedidos, por cierto, de una hilarante alusión referida a la cuarta entrega de Indiana Jones.  

 

Calificación: 3

 

 

2 comentarios

J. P. Bango -

Aún esperandote lo peor todavía hay autores que consiguen sorprenderte. Este es el caso.

Las películas de Stephen Sommers tenían algo más. Y no solo hablo de Rachel Weisz.

Un saludo, camarada.

Jordi Revert -

La verdad es que viendo la tendencia que seguía la saga, ya había perdido en la anterior entrega cualquier esperanza un cine de aventuras que no caminara hacia la nada. El anuncio de esta tercera entrega, por tanto, no me despertó ningún interés por verla.