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El Cronicón Cinéfilo

Gran Torino

...No quiero decir tras lo antedicho que la última obra de Eastwood represente un paso atrás en su filmografía, más bien sugiere una lógica evolución de las constantes de una trayectoria que lleva no menos de veinte años ejerciendo sobre si misma el derecho a la autocrítica. No es una cuestión baladí en una carrera que ha propiciado en los últimos años, al menos, una decena de autoexorcismos: desde el director  cínico de Cazador blanco, corazón negro al entrenador desclasado de Million Dollar Baby, pasando, inexcusablemente, por el cazarrecompensas retirado de Sin Perdón: un western crepuscular que no solo ponía en su lugar a los arquetipos concebidos a partir de la imagen que Eastwood heredó del cine de Leone,  sino al propio género aludido tras una década sumamente oscura que había enterrado sus caracteres en catacumbas enteramente financiadas por la nostalgia. Gran Torino pretende hacer lo propio con el thriller setentero así como con el estereotipo que el propio Clint Eastwood había contribuido a forjar sobre su persona; no es, sin embargo, Walt Kowalski una evolución de Harry Callahan como insinúan sus teaser promocionales sino su reverso decadente en tanto el primero va a perseguir resultados diametralmente opuestos a los que podría perseguir Dirty Harry, aderezados además por el desencanto (y mala conciencia) que justificará sus acciones hasta el final. En su necesidad constante de confrontar lo nuevo con lo que no lo es, Eastwood opta por reinterpretar un personaje que se sabe de memoria: viejo malencarado y antisocial, eterno aspirante a encontrar una oportunidad de redimirse más allá de la familia y de los especímenes sediciosos que de vez en cuando la conforman (como ocurre en Million Dollar Baby, la familia es retratada aquí con pinceles ásperos, subrayando sus modos carroñeros, tangencialmente despiadados); si bien en Gran Torino el camino hacia la redención es mucho más que paroxístico, incluida una mesiánica (casi crística) y liberadora secuencia final, que hurga en la herida desmitificadora que persigue toda la cinta y, por extensión, el último tramo de la filmografía de su autor.

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