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El Cronicón Cinéfilo

DÉJAME ENTRAR de Tomas Alfredson

 

Una de las más jugosas constantes de las que nutre la excepcional filmografía del canadiense David Cronenberg es aquella que presenta una realidad distorsionada poblada de personajes que se atreven a trascender las leyes de la física, ya sea transformando sus cuerpos para adecuarlos al nuevo medio (físico, tecnológico, social), como si el cuerpo dejara de ser la entidad natural que todos conocemos y comenzara a formar parte de una supraestructura mayor, más desarrollada en su abstracción, mejor adaptada a una realidad en perpetuo cambio, o bien proyectando sobre dicho espacio una parte de sí mismos. Esta última idea se hace manifiestamente explícita en Cromosoma 3 (The Brood, 1978) en tanto va a ser la propia conciencia de uno de los protagonistas la que engendre, digamos que corporeice, sus demonios internos, convirtiéndolos en herramientas monstruosas al servicio de sus pulsiones más primarias, en aquella película definidas en términos de venganza. De esta misma (y estimulante) idea bebe “Déjame entrar” (Låt den rätte komma in) en su subtexto, si bien el sujeto que aparenta engendrar los apéndices físicos no es una madre en crisis en pleno proceso de divorcio sino un niño, con no menos problemas,  que sufre del acoso de su entorno, siendo especialmente insoportable aquél que le profesan sus compañeros de pupitre. Es el primer (y más apasionante) reclamo de esta estupenda película de vampiros, ternura, venganza y desarraigo emocional cuyo principal estímulo proviene, precisamente, de la relación que une a sus dos protagonistas impúberes: Oskar, un niño acomplejado, solitario e imaginativo, que sueña con asesinar, secretamente, a aquellos que lo humillan,  y, Eli, una pequeña vampira, que no sueña sino que vive en una pesadillesca cotidianidad, obligada a degollar a sus víctimas mientras se alimenta con su sangre, recién llegada al piso de al lado, con aquel que la cuida y quiere, el viejo Hakan, en una barriada de Estocolmo (estamos en el año 1982) preñada de paisajes gélidos, ventanas tapiadas y cierto descontento social. 

 

 

Condenados a encontrarse y a complementarse, pues, los dos niños inician una relación de amistad cuyo predecible desarrollo no tiene nada que envidiar a los de un serial romántico al uso (siguiendo la fórmula arquetípica de primera caricia,  beso y estremecimiento), llegando a tal grado de compenetración, en fin, que durante todo el metraje se juega con la idea de que no estemos sino en presencia de una única persona (al estilo de El Otro de Robert Mulligan), siendo la otra una extensión, hecha carne, de los deseos proferidos por aquélla.   

 

Estamos en presencia, ya se intuye, de una historia de afectos insatisfechos y de padres ausentes, de adultos que no saben lo que quieren y de niños víctimas de abusos, de incomunicación latente y de deseos insatisfechos (magníficamente expresada en la definición del personaje de Hakan, uno de los más fascinantes y, a la vez, misteriosos –no ocurre así en la novela, ya lo advierto-, de la cinematografía fantástica contemporánea) pero también nos encontramos ante una historia de vampiros, de las de toda la vida, si bien aquí no hay  chupasangres de instituto, de aspectos pálidos y poses seductoras,  adictos a la sangre animal y a la gomina, sino  auténticas bestias hambrientas, enemigas de la luz y de los modales, sedientas de hemoglobina  humana  y de cariño, poseedoras de una fuerza inusual, fruto de su naturaleza resistente, víctimas de una maldición atávica que les obliga a pedir permiso para entrar en el hogar ajeno antes de succionar la yugular de sus víctimas.

 

Tomas Alfredson adapta con atinada precisión (y mejor gusto) la novela epónima de John Ajvide Lindqvist y lo hace dotando a la historia de un halo docurrealista que la hace situarse más próxima al cine de ascendencia dramática que a cualquiera de los modismos que definen el cine fantástico en la actualidad. Hay, pues, abundancia de planos generales (algunos desenfocados, sobretodo cuando hay adultos de por medio), un ritmo sosegado pero preciso donde predominan los silencios, y unas interpretaciones que huelen a verdad, a cercanía.  No saca partido de la ambigüedad argumental que se insinúa en la primera parte de esta reseña (y que estaba en la mente del cineasta en el rodaje como el propio director esgrime en sus entrevistas) y se resiente por la endeble definición de algunos personajes, presentados con formas paródicas y, sin embargo, nos encontramos con una de las mejores películas de la década, repleta de escenas escalofriantes (como la del hospital…), un final antológico (y liberador) y un par de secuencias embebidas de emociones impagables. Casi nada, me diréis.

 

 Lo más destacado: que es capaz de demostrar la estupenda salud del género fantástico más allá de las convenciones y arquetipos que van a definir el cine hollywoodiense.

 Lo menos destacado: que hayamos tenido que esperar tanto tiempo para poder disfrutar de esta película en la pantalla grande.

Calificación: 9,25

[publicado originalmente en SEPTIMOVICIO.COM]

 

4 comentarios

i-gente -

Lo reconozco tu análisis es tremendamente lúcido. Me has dejado sin palabras, la verdad.

REFO -

Esta semana me acerco a verla. Viendo su nota me carcomen las ganas. Ya le contaré.

Un abrazo.

j. p. bango -

Gracias, camarada.

Estoy completamente de acuerdo, huelga decir. Una película fabulosa.

Dr. Strangelove -

Buena crítica, bien analizada. Y sin duda comparto la entusiasta idea de que por fin se hayan atrevido a estrenarla. Es sin duda una de las películas del año, aunque pase sin hacer ruido pero deje temblando las entrañas a más de uno.

Saludos.