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El Cronicón Cinéfilo

Okuribito (Departures) de Yojiro Takita

Okuribito (Departures) de Yojiro Takita

a) Un hombre se ve obligado a abandonar su sueño, su trabajo de violonchelista en una orquesta de Tokio, y regreas al hogar materno, en pleno ambiente rural, para empezar de nuevo; le acompaña en esta aventura su joven (y muy condescendiente) esposa, mientras busca empleo, ya en su destino, que le comporte no solo el salario que le permita subsistir en tiempos de crisis sino ese impulso existencial que necesita para afrontar el resto de su vida con partituras armónicas. Este comienzo, de tintes evocadores (y tan reconocible para quien esto firma), es solo la punta de un iceberg emocional que pondrá a los protagonistas bajo una tormenta, fundamentalmente, apasionada cuyo primer síntoma deviene, precisamente, de la naturaleza extraña que definirá a dicho trabajo.

b) Exhibición pública de la liturgia mortuaria, el nōkan incluye una extraña mezcla (disculpen mi analfabetismo antropológico)  de técnicas tanatoprácticas, rituales religiosos y expiaciones de culpa(s) colectivas. Es un trabajo bien pagado, no obstante, que, por un lado, enfrentará al protagonista contra sus demonios internos (por ejemplo, aprendiendo a sobrevivir a la figura del padre ausente adoptando los arquetipos de una familia sustitutiva entre los empleados/jefes de la funeraria…) y de otro, terminará por revelarlo contra un prejuicio social (léase desprestigio) que convierte a los de su profesión en apestados; aspecto el cual acabará erosionando, no hay más que imaginarlo, la relación que mantiene con su ombligo, amigos… y esposa.

c) Oscar a la mejor película de habla no inglesa, récord de espectadores en las salas en su país de origen (más de 60 millones de dólares en 31 semanas de exhibición, principalmente a raíz de la campaña que sucedió a dicha nominación) y una banda sonora de indudable impacto comercial (pero sumamente lírica), obra de Joe Hisaishi, se revelan como apetecibles reclamos (el último de los cuales, ya lo digo, es un señuelo tan tentador como imprescindible) de esta película de fotografía apagada pero intenciones “vitalistas” que tiene en la “muerte” su leitmotiv principal. Combate, el director de la película, el tabú de la muerte en pantalla insuflando a su obra ingentes dosis de poética, más o menos inspirada, más o menos plúmbea, resultando la partitura melódica de Hisaishi su más fiel y eficiente aliada, en realidad, la ligazón que cohesiona toda la cinta.

d) Hace años me topé con una extraordinaria película: MIMI WO SUMASEBA de Yoshifumi Kondo. En ella, su protagonista, Shosuke, una joven estudiante que posee indudables aptitudes para la escritura (incluso se atreve con una adaptación al japonés de la popular canción “Take me home, country roads” de John Denver) trata de averiguar la identidad de aquél que siempre se la adelanta a la hora de coger un libro en la biblioteca local. El azar le presentará de bruces frente al muchacho que, pese a todo, no es lo que Shosuke esperaba. Después no será el azar sino un gato solícito (protagonista de un spin off no menos emocionante y mágico: Haku en el reino de los gatos) la que termine de llevarla al taller donde el joven ensaya, secretamente, con su violín. El mismo chico que se burló de la letra de la canción de Shosuke en un parque resulta ser la misma persona con la sensibilidad suficiente como para adaptar dicha letra a su ámbito creativo. El añorado Kondo construye, en mitad de la película, una de las secuencias más conmovedoras de la historia del anime, no exagero, con una “country” jam session improvisada donde van a conjugarse, lucidez mediante, sueños, Arte y afinidad. En fin, como ocurre en el subtexto de la obra de la Ghibli, y ya resumo, la reparación emocional no depende tanto de que puedan conseguirse nuestros sueños como del camino que tracemos para atraparlos, terminen o no por alcanzarse. De esta misma idea dogmática (y con parecidas formas, incluyendo una secuencia liberadora en la que el protagonista se reencuentra consigo mismo a través de las notas de su violonchelo) participa Okuribito. Si la vida es el camino preparatorio hacia la muerte hay que dejar los deberes hechos, reflexiona, casi al final, el protagonista, mientras enjuga sus lamentos, víctima de su propia terapia redentora. Y como ocurre en MIMI WO SUMASEBA, lo hace en un contexto dominado por una partitura de cuerda embebida de talento y tonos bucólicos.

e) Se produce una (r)evolución conceptual en la trayectoria del director Yojiro Takita, cuyos inicios profesionales se remontan al pinku eiga (esto hablando de la productora Nikkatsu es poco menos que referirse al Roman Porno más decadente), antes de acometer propuestas más próximas al cine fantástico (y cada vez más comerciales) como la saga Ying Yang Master o la irregular Ashura. Será La espada del samurái, ya en 2003, la que termine de ubicarlo en un tipo de cine con cierto aires de pretensión pero resultado insatisfactorio que alcanza, extrañamente, una gozoso cambio de signo en esta Okuribito: un delicioso cuento dogmático, que aúna con cierta solvencia a su condición de película dramática (especialmente representada por todos sus personajes secundarios, sin excepción; en este sentido, y salvando las distancias, está más cerca del cine de Ozu que de ninguna de sus películas anteriores) generosas pinceladas de comicidad (especialmente jocosas en sus minutos iniciales) y un trasfondo plenamente emotivo. Estímulos suficientes para valorar, con gran nota, esta historia, ya lo insinuábamos, repleta de sensibilidad y buenos modos.

Lo más destacado: Que todas sus piezas (sobretodo las más emotivas) encajan con atinada precisión.

Lo menos destacado: el tono empalagoso que define a alguna de sus soluciones dramáticas,  compensadas, eso sí, con la excelente banda sonora de Hisaishi.

J. P. Bango

[publicado originalmente en SEPTIMOVICIO.COM como parte de su cobertura del BAFF’09]

1 comentario

GUSTAVO -

Muy bueno tu blog!!
Me gustaria intercambiar links contigo, pasa por el mio.
Saludos.

http://www.cinemaparadisouy.blogspot.com/