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El Cronicón Cinéfilo

Achilles and the Tortoise de Takeshi Kitano

Achilles and the Tortoise de Takeshi Kitano

Paisajes bucólicos, en su comienzo, y un ataque, frontal aunque de tintes irónicos, hacia aquéllos que defienden la creatividad como valor mercadotécnico, impregnan esta obra triste y pretenciosa, a pesar de todo, un digno colofón a una etapa en la que Kitano no ha dejado de desnudarse frente a al espectador demandando no ya una opinión sobre la obra creada sino su lugar en el mundo como artista. Una obsesión para el propio autor, visto lo visto.

Y es que hace tiempo, incluso antes de Hana-Bi (la obra que terminó de ubicarlo en territorios próximos al cine de ínfulas autorales), que Kitano tomó el habito de transitar caminos claramente marcados por la pretensión, como si, de veras, necesitara demostrar continuamente su indudable capacidad para la creación artística, aún en ámbitos próximos a la comedia, más aún, de ser capaz de trascender sus códigos más reconocibles, incluyendo, eso sí, un mordaz sentido autocrítico, apostando por estructuras vehementes y por soluciones surrealistas de lúcido despliegue plástico (la principal virtud de su Cine), tratando de vindicar, mediante simbolismos, la diferencia que debiera siempre separar al artista del famoso. Un demonio interno en su biografía personal, ya lo digo.

Esta vez su alter ego es un niño talentoso en búsqueda perpetua de su propia identidad, no ya en el campo de las artes plásticas (como todos los que le rodean creen –o intuyen) sino en aquello que terminará definiéndolo como persona. Se produce pues una identificación desde un punto de vista metalingüístico entre el artista y su obra creada: en términos alegóricos, el ombligo de Takeshi Kitano se representa aquí con una mayor diámetro que el disco rojo del Hinomaru...

Aquilles and the Tortoise, en fin, es una historia dividida en tres actos que narra el devenir de Machisu Kuramochi, un artista que nació para serlo, primero en una familia adinerada, aficionada a la pintura y a la promoción del Arte, después, cuando la desgracia se ceba con los suyos, en casa de un pariente político, donde la pérdida de tiempo por dibujar gallinas se canjea por porrazos. Embebido de tenacidad y algo de talento, el joven niño se convierte en adulto en un orfanato, sobreviviendo en trabajos alimenticios, mientras resuelve sus dudas pictóricas estudiando a los clásicos en una Escuela de Arte. Partícipe de la vanguardia creativa que emana de las aulas (siempre en actividades extraescolares, como suele ocurrir en estos casos), se afana por conseguir el éxito imitando, seguramente sin pretenderlo, a aquéllos que ya lo consiguieron. Adicto al fracaso y a los intentos de evitarlo, su rostro y su cordura se van erosionando, llegando hasta límites inexorables. Como bien se encarga de explicitar su prólogo, Aquiles siempre corre detrás de la tortuga no ya porque sea incapaz de medir sus esfuerzos (la zancada de sus pasos) de forma efectiva sino porque la tortuga, esto lo sabremos después, holla camino abierto e inexplorado.

Incapaz de vender una obra, siquiera de compensar su esfuerzo con estímulos afectivos, el bueno de Machisu sigue entregándose a su siguiente trabajo, con la complicidad irredimible de su esposa, esperando encontrar en el camino un golpe de fortuna en el mundillo artístico toda vez que el resto de su vida, no tardamos en descubrirlo en el primer segmento de esta película, se sabe trufada por tragedias incontenibles.

Aquiles and the Tortoise son, en fin, varias películas en una sola, todas autodestructivas, sumamente críticas. Kitano se recrea en la tragedia personal que asola al artista que no quiere hacer otra cosa sino serlo mientras salpica de pintura, jugosas ideas de índole surrealista e ingentes dosis de autocomplacencia, todos los márgenes de su relato. Termina derivando en una reflexión sobre la vida y sobre el Arte, es decir, sobre el hombre que entrega su vida al Arte aferrado a su sueño de reconocimiento y éxito, si bien lo hace con soluciones narrativas de índole discutible, tan cerca del precipicio como en sus últimas obras, replanteándose continuamente su lugar en el mundo, su faceta de creativo y de famoso, lejos pues de la capacidad transgresora de sus inicios (allí donde más difícil es serlo: en el cine de género), repitiendo una y otra vez, secuencia tras secuencia, un mismo discurso: el Artista enfrentado a la imposibilidad de mejorarse. Una constante en el cine reciente de Woody Allen y del propio Kitano. Mejor dejaremos de preguntarnos el por qué.

Lo más destacado: cuando Kitano se desboca (perfomances incluidas).

Lo menos destacado: La hipérbole de una tragedia es su parodia. Y no estaba el horno para parodias.

J. P. BANGO

 

[publicado originalmente en SEPTIMOVICIO.COM]

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