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El Cronicón Cinéfilo

Los buenos y los malos


"Si yo me hubiera dedicado a la política, !oh atenienses!, hubiera perecido hace mucho tiempo y no hubiese hecho ningún bien ni a vosotros ni a mí mismo." (Sócrates)

Es una lucha implacable y no tiene visos de terminar, tampoco este año. Real Madrid y F.C. Barcelona han terminado por asentarse como los dos equipos de fútbol más poderosos de Europa; lo han sido en cuanto a presupuesto y lo han sido en cuanto a potencial y aspiraciones; desde hace poco más de un año también lo son en cuanto a rendimiento, fundamentalmente debido al carácter, insaciable, de sus entrenadores respectivos. Uno representa la dinámica, la épica, la constancia, la determinación; el otro representa la solidaridad, la lírica, la avidez, el compromiso;  uno y otro se retroalimentan, se desafían, se mejoran.  Aún subsumidos en el epicentro de un torbellino, imparable, en el que sólo uno de los dos puede resultar victorioso, ambos equipos (y entrenadores) encuentran en el oponente un espejo deformante, un rival a su altura, y se esfuerzan en dar todo lo que tienen, o dan de sí,  para superarlo. Alimentando su condición duopolista, hallan estímulos suficientes para seguir adelante, para ser mejores. El ganador lo hace para perpetuarse en la victoria; el perdedor lo hace para revertir el estado de las cosas. Y no sólo ponen (mucho) dinero, (negociadas) recalificaciones, (exquisito) talento, (irreverente) pasión y  (lógico) trabajo  en el intento;  también ponen (denodado) empeño. Así las cosas, cada año resultan obsesivamente más competitivos, cada año aspiran a más (y más quieren): no es mal ejemplo para un mundo, el del fútbol, particularmente habitado por veinteañeros y treintañeros a los que les sobra todo, especialmente despreocupación y dinero.  

En Tintín: el secreto del unicornio, un demiurgo en estado de gracia (narrativa) se auto-invita a restituir el sentido de la aventura en formato animado; el intento llega, curiosamente, a través de una involución de las constantes y de los temas que sustentaban al género  en los últimos tiempos, y llega, precisamente, de la mano del cineasta que menos cuentas le debe al cine de aventuras. No es necesario, entonces, repletar la pantalla de hipogrifos renderizados sobre un fondo azul o de leones con dejes (y andares) místicos, de criaturas mitológica-marinas de origen escandinavo  o de piratas graciosos sólo por su maquillaje: hace falta ganas de hacer un producto de Aventura, de aventura de verdad, y hacerlo. Es lo que tienen los buenos, los talentosos o los mejores: una capacidad, seguramente trabajada (suelen rodearse de otros del grupo de los mejores), que les permite superarse incluso cuando ya no hace falta, cuando ya no tienen nada que demostrar (ni a nadie),  a veces contra todo pronóstico (como ha sido el caso).

Entonces me acuerdo de las elecciones: dos facciones políticas que en realidad no son sino la cara de una misma moneda (clasista, insolidaria, oportunista) se enfrentan, así lo quieren los medios, por un cetro imaginario cuya potestad se reparten, no es casualidad, de forma periódica. No es, en fin, a quién-le-toca-esta-vez lo que se decide el 20N —el ganador ya ha sido establecido de antemano—  como la propia capacidad de quienes se presentan candidatos para demostrar, a aquellos que tienen que votarlos,  que pueden resultar competentes para afrontar (e intentar resolver) los problemas que ellos mismos han generado. Al contrario que otras profesiones y ámbitos, también en el deporte y la cultura como hemos visto,  donde los mejores obtienen su recompensa y sobresalen por méritos propios, en el ámbito de la gestión no hace falta ser bueno, ni acercarse a  esta cualidad, para ocupar el cargo más alto.  Los grandes gestores (los más formados, los que han sido ejemplares en sus respectivos ámbitos de competencia, los que mejores contactos -o labia, o suerte- tienen) prefieren las empresas privadas y todo lo que dichos cargos en dichas empresas privadas llevan aparejados: sueldos millonarios (en Euros), cuentas en Gibraltar (no necesariamente en Euros), amigos banqueros, yates de eslora inabordables, éxito social. No necesitan exponerse públicamente a los focos ni cuidar de las formas con modos impostados; no necesitan justificar ante los jueces la proveniencia (y conveniencia) de regalos extemporáneos; no necesitan recalificar suelos no urbanizables, ni construir campos de golf en el desierto; no necesitan nada porque ya lo tienen todo: lucen trajes a medida, fuman puros en la intimidad y hablan en inglés (idioma oficial en Islas Vírgenes) cuando hace falta, mientras disfrutan del (buen) fútbol en los palcos. Los malos gestores en cambio acaban en la política, ¿qué otra cosa sino podrían hacer?, donde se ven obligados a financiar su corazón arribista con promesas que nunca podrán cumplir (tampoco sabrían cómo hacerlo),  con amigos al otro lado del muro, con apoyos y favores que siempre hay que devolver, a veces incluso después de muerto, con insidias y otros juegos verbales de procedencia paleta. Los malos gestores tienen que aprender a hablar sin decir nada mientras reordenan a los suyos (y los intereses que defienden con uñas y dientes) alrededor de un logotipo, una música de saldo y una foto adulterada con un programa informático mientras esperan órdenes desde cualquier sitio (mejor si vienen escritas en alemán) para seguir perpetuando su modus vivendi; los malos gestores no sólo encuentran en la política el camino más corto hacia el éxito, y una buena (pero no rebosante) cuenta corriente, también encuentran el puesto de trabajo, vitalicio,  que exige una menor responsabilidad moral (y profesional) por las acciones que ejecutan.

Si entre los dos grandes equipos de fútbol de Europa, y en la actualidad, cada enfrentamiento se revela como un duelo ajedrecístico, de altos vuelos,  pleno de talento, esfuerzo y respuestas diversas, en la política los duelos directos se resuelven a las cartas, siempre de cara a la galería, mientras los beneficios (y pérdidas) se los llevan los de siempre.

Dentro de cuatro años volverá a ocurrir otra vez más: Steven Spielberg, seguramente más joven y vitalista que nunca, renovará las claves emocionales del cine de género de siempre y el Real Madrid y el Barça jugarán, de nuevo, otro partido del Siglo, siempre repletos de motivación, siempre tratando de mejorar gracias a su adversario, siempre ayudados por quienes más se benefician de lo que representan, mientras los malos negocian en los palcos (o en la platea) la posición preeminente en una foto. Y allí estaremos tú y yo para verlo, ocultos entre bambalinas, quizás en el paro, seguramente explotados, tratando de encontrar en el deporte o en la cultura, el grado de perfección constante que sólo se exigen, así mismos, los políticos... en sueños.

2 comentarios

alfredo - juegos de mario -

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Anónimo -

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