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El Cronicón Cinéfilo

Al borde del abismo

Al borde del abismo

En el mismo borde del precipicio trata de recordar aquel tipo cómo ha llegado hasta ahí. Pero no logra recordarlo. Al menos, no lo hace con la precisión que demanda la propia situación en la que está sumido, quizá inexorablemente. Tanto le abruma encontrarse frente al abismo que ni siquiera ha reparado, hasta aquel mismo momento, que sus pies desnudos rozan abiertamente el risco, y que sus ropas, antes lustrosas, cuelgan ahora raídas y asiladas, de su enjuto cuerpo, como si ya no le pertenecieran. Piensa que si en aquel abismo hubiese existido un espejo en el que poder mirarse seguramente no se reconocería. Y a buen seguro que no le falta razón. De hecho, y aunque tampoco logra recordar el momento exacto en que ocurrió, hace ya mucho que dejó de reconocerse. A estas alturas, sin embargo, ya no le importa. Como tampoco importan los motivos que le han llevado hasta allí. O la causa. O los responsables. Si es que hay responsables. Quizá porque sabe que él es tanto o más culpable que cualquiera. Y, en cualquier caso, él y sólo él va a ser la víctima. Todavía temeroso de su destino pese a que se sabe próximo a su final, le sobrevienen numerosos recuerdos del pasado. En el primero de ellos ve a uno de aquellos tipos estampado en una foto electoral. Es un hombre estrangulado con su propia corbata, que parece de saldo, intelectual solo en sueños, barbado y paleto a partes iguales, tan mal gestor como buen amigo de aquellos que lo han alzado en su pedestal. Entonces los recuerdos se suceden de forma abrupta en la mente de aquel que mira al precipicio. De vez en cuando, cree recordar, el hombre de la barba sonríe aviesamente mientras reclama para sí aplausos que no merece antes de dar la espalda a una realidad que, por sus actos, parece despreciar continuamente. Al lado de él se acumulan hombres y mujeres preñados, de igual modo, de corbatas y de bolsos de diseño, de sonrisas falsas y de carteras rebosantes, de tarjetas de crédito o de créditos pendientes de dar a quien no puede devolverlos, mientras pugnan entre sí por hacerse con el mejor puesto en la foto. Pero en el encuadre no entran todos. Faltan aquellos que han financiado sus campañas, los que permanecen en la sombra manejando los hilos, o en el sillón del consejo de administración de turno, los directores de los periódicos que, interesadamente, les ayudan a tirar del carro, los que ciegan a la opinión pública o los que la corrompen, los que buscan jugosos contratos públicos a precio de saldo, los que pretenden comprar lo público, siempre y cuando todavía sea rentable; faltan, claro, los maridos y mujeres y niños y amigos y primos de los primos de buena parte de aquellos que, pudiendo salir en la foto o, incluso saliendo, quieren apartarse del ruido mediático para no llamar mucho la atención. Faltan, claro, los-que-no-pueden-nombrarse, con corona o sin corona, con rosario o sin rosario, con divisas en el extranjero o sin divisas en el extranjero. Faltan, también, todos aquellos que van a sacar tajada del río revuelto. Entonces, nuestro hombre se ve a sí mismo en ese mismo río revuelto, nadando a duras penas entre la corriente, tratando de evitar que la deriva lo lleve justo hasta el mismo sitio donde han ido a parar los primeros despojos, los más débiles, procurando sacar la cabeza de un lodazal cada vez más cenagoso y profundo, deseando encontrar la cordura en mitad de una bruma existencial que no sólo opaca sus neuronas, también amenaza con destruir todo aquello en lo que siempre ha creído. Naturalmente, no está sólo en su lucha. El fango rebosa de hombres caídos, de parados de larga duración, de universitarios infravalorados, de arribistas que ya no pueden volver a serlo, de jóvenes que se han visto forzados a emigrar en busca de su futuro, de tipos que ya no creen en el Futuro, de investigadores a los que les ha costado demasiado llegar a fin de mes, de becarios sobreexplotados, de funcionarios frustrados, de hombres desahuciados empeñados ad infinitum generación tras generación, de jubilados arruinados por culpa del director de una sucursal bancaria, de proyectos artísticos que se ahogan en el limbo, de cultura cercenada con propósitos caprichosos, de hombres que han perdido, antes incluso que su esperanza,  los derechos sociales, sanidad y libertad. Y es en ese mismo momento cuando nuestro amigo se da cuenta de que no ha llegado sólo al acantilado. A su izquierda y, sí, también a su derecha, esperan no menos de veinticinco millones que, como él, bordean el precipicio con sus pies desnudos. Todos tienen frío. Todos se preguntan por qué han llegado hasta allí.  Todos visten, igual que nuestro amigo, ropas desusadas, peinados de saldo, móviles de última generación, pins de greenpeace; algunos todavía mantienen a sus hijos sobre sus brazos,  tratando de evitar que no pisen el suelo húmedo; alguno, aunque son los menos, incluso osan mirar hacia atrás, quizá esperando un rescate... A todos les une el deseo de posar los dos pies en el vacío, toda vez que ya han perdido todo aquello que les quedaba justo en el mismo momento que el viento que arrecia a su espalda trae al presente la voz, quizá alentada por los mercados financieros, de ese que-os-jodan maldito. Entonces nuestro amigo siente la tentación de cerrar su puño al mismo tiempo que sus dientes y sus esfínteres y elevarlo al aire buscando la complicidad de una utopía pero enseguida se da cuenta de que ya no hace falta ningún puño al aire para dar la cara por un hombre; hace falta ese hombre y voluntad para enfrentarse al viento. Y a ese pensamiento repentino se une el pensamiento repentino de otro en idénticas circunstancias, y al de éste otro que, a su vez, se une al de otro que ni siquiera queda ya cerca de nuestro hombre, y a éstos se unen los pensamientos repentinos de aquella familia de los niños, los de aquel que esperaba el rescate, los del investigador hastiado, los del funcionario perdido, los del becario sobreexcitado y los de aquella otra chica que portaba la chapita de Greenpeace. Y así, casi sin darse cuenta, aquellos hombres van dando la espalda al abismo. Incluso comienzan a alejarse de él. Primero un metro. Luego dos. Luego cinco mil. Ahora es el tipo de la corbata el que tiene miedo. También comienzan a tener miedo aquéllos que quisieron salir en la foto...

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