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El Cronicón Cinéfilo

De Cine y otras calumnias

Malos tiempos para la lírica, también para este Cronicón, inmerso , como su dueño, en una temporada sabática que amenaza con durar más de la cuenta, si no ya convertirse en inexorable. Y es que el Cine no ha tenido mucho que decir en lo que llevamos de  verano más allá de Mud, el último trabajo de Jeff (Take Shelter) Nichols, o  de James Wan,  si bien éste lo hace en otra división, con ese refrito de expedientes de los Warren preñado de clichés y convenciones subgenéricas que, contra todo pronóstico, funciona como una película de terror rotunda, seguramente gracias a su acertada mezcla de elementos costumbristas, ambientación setentera y justas (y justificables) dosis de tensión. También habría que destacar la última película del veterano Neil Jordan, Byzantium,  que funde el espíritu (y esquemas argumentales) de, por este orden,  Entrevista de un Vampiro, Déjame Entrar y Rise: Cazadora de Sangre con ese habitual buen gusto estético-narrativo  al  que otrora nos tenía acostumbrados el director de En Compañía de Lobos.  Todas ellas sufren el acecho estival de los blockbuster de turno, con más o menos éxito, casi siempre con Marvel o DC Comics como sagaces promotores (de mayor a menor interés: El Hombre de Acero, Iron Man 3, Lobezno Inmortal), cuando no de raras (por marcianas) excepciones,  sobre el papel condenadas al fracaso, como bien podía haber sido el caso de Guerra Mundial Z de Marc Foster que, por cierto, apenas si guarda parecido con la novela que dice adaptar, o ese Pacífic Rim de Guillermo del Toro que, a su vez, supone el regreso del director mexicano a la actualidad fanófila tras haber pasado prácticamente el último lustro intentando sacar a flote sus proyectos más personales y ambiciosos; una cinta incomprendida solo a medias, ruidosa actualización del subgénero mecha (cuánto se echa de menos en esta película al Doctor Infierno, por cierto) que se beneficia, aún de forma somera, de esos esforzados añadidos lovecraftianos dispuestos estratégicamente  por el director para ganarse el plácet de cierto sector crítico. Como sus demás parientes, Pacific Rim también se empeña en destrozar, casi pornográficamente, los símbolos y edificios más representativos de las ciudades de turno, que es justamente lo que Hollywood ha venido haciendo en los últimos tiempos con el Capitolio (si bien no parece haberlo hecho con intenciones metafóricas no deja de ser significativo los denodados medios empleados para llevar a buen puerto esta idea), con dos películas de acción non sense: la primera (y más cimbreante), Objetivo: La Casa Blanca, obra y gracia del simpar Antoine Fuqua y la segunda y  peor (y ya me pesa), Asalto al Poder, por cuenta de un habitual del subgénero, Roland Emmerich,  en la que quizá sea si no su película menos subversiva sí, al menos, la más difícilmente defendible en términos analíticos y que, sin embargo,  lleva a la gran pantalla ese pensamiento casi populista de querer depurar responsabilidades a los políticos de turno, al menos desde un plano emocional (cualquier otro camino parece ya utópico),  derribando los símbolos que refrendan su estatus (precisamente, ese que generosamente le regala la propia ciudadanía cada cuatro o cinco años).    

Mientras llega la cuarta (sí, cuarta) parte del Roddick de David Twohy, uno de mis directores de cabecera con permiso de Neil Marshall (quien, por cierto,  tiene en cartera uno de sus proyectos más apasionantes de la próxima temporada: The Last Voyage of the Demeter), y la penúltima (esto es un deseo) obra de Miyazaki, que ya ha reventado las taquillas de Japón y que a buen seguro me reconciliará con el Cine de Animación de perfil alto, uno no puede permanecer al margen de lo que ocurre en el ecosistema en el que habita, casi siempre hastiado por las corruptelas lamentables que nos rodean a todos los niveles, observando, de momento desde la barrera,  cómo se destruyen sine die conquistas socio-laborales (muchas de ellas bicentenarias) en pro de intereses cada vez menos subrepticios con la connivencia paccionada de políticos de medio pelo, cazafortunas de gomina y corbata y demás vividores que, al mismo tiempo que convierten una profesión de servicio público en un cortijo privado (y/o privatizado)  tratan de reequilibrar las rentas (¿lo adivináis?) de esos mismos banqueros que ayudaron a perpetuar este nuevo modus vivendi.  Entretanto la Iglesia sigue tomando posiciones de ventaja en un campo de juegos sagazmente pergeñado por sus dadores desde hace milenios, cuan Lannisters de turno, mientras el mundo cultural se ahoga (y aburre) por falta de patrocinios y voluntad generalista; un caldo de cultivo ideal para que nuestras neuronas, cada vez más hiper-ventiladas gracias a elementos de consumo que no necesitamos, se perviertan de ideogramas conformistas, adocenados y sumisos tratando por todos los medios no ya de (r)evolucionar el mundo que nos han dejado, que es lo que nos tocaría generacionalmente,  si no de quedarnos como estamos, por muy amenazados/erosionados que sintamos nuestros cimientos existenciales.

Por fortuna, este fin de semana empieza La Liga…

3 comentarios

REFO -

Me pasa lo mismo. Ya he escrito sobre ello, pero habrá que salvaguardar la ilusión, sea como sea.

J. P. Bango -

Me noto más que oxidado, camarada...

REFO -

No podemos permitirnos que el Cronicón siga faltando tanto. Amigo, la blogesfera le necesita!