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El Cronicón Cinéfilo

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De Cine y otras calumnias

Malos tiempos para la lírica, también para este Cronicón, inmerso , como su dueño, en una temporada sabática que amenaza con durar más de la cuenta, si no ya convertirse en inexorable. Y es que el Cine no ha tenido mucho que decir en lo que llevamos de  verano más allá de Mud, el último trabajo de Jeff (Take Shelter) Nichols, o  de James Wan,  si bien éste lo hace en otra división, con ese refrito de expedientes de los Warren preñado de clichés y convenciones subgenéricas que, contra todo pronóstico, funciona como una película de terror rotunda, seguramente gracias a su acertada mezcla de elementos costumbristas, ambientación setentera y justas (y justificables) dosis de tensión. También habría que destacar la última película del veterano Neil Jordan, Byzantium,  que funde el espíritu (y esquemas argumentales) de, por este orden,  Entrevista de un Vampiro, Déjame Entrar y Rise: Cazadora de Sangre con ese habitual buen gusto estético-narrativo  al  que otrora nos tenía acostumbrados el director de En Compañía de Lobos.  Todas ellas sufren el acecho estival de los blockbuster de turno, con más o menos éxito, casi siempre con Marvel o DC Comics como sagaces promotores (de mayor a menor interés: El Hombre de Acero, Iron Man 3, Lobezno Inmortal), cuando no de raras (por marcianas) excepciones,  sobre el papel condenadas al fracaso, como bien podía haber sido el caso de Guerra Mundial Z de Marc Foster que, por cierto, apenas si guarda parecido con la novela que dice adaptar, o ese Pacífic Rim de Guillermo del Toro que, a su vez, supone el regreso del director mexicano a la actualidad fanófila tras haber pasado prácticamente el último lustro intentando sacar a flote sus proyectos más personales y ambiciosos; una cinta incomprendida solo a medias, ruidosa actualización del subgénero mecha (cuánto se echa de menos en esta película al Doctor Infierno, por cierto) que se beneficia, aún de forma somera, de esos esforzados añadidos lovecraftianos dispuestos estratégicamente  por el director para ganarse el plácet de cierto sector crítico. Como sus demás parientes, Pacific Rim también se empeña en destrozar, casi pornográficamente, los símbolos y edificios más representativos de las ciudades de turno, que es justamente lo que Hollywood ha venido haciendo en los últimos tiempos con el Capitolio (si bien no parece haberlo hecho con intenciones metafóricas no deja de ser significativo los denodados medios empleados para llevar a buen puerto esta idea), con dos películas de acción non sense: la primera (y más cimbreante), Objetivo: La Casa Blanca, obra y gracia del simpar Antoine Fuqua y la segunda y  peor (y ya me pesa), Asalto al Poder, por cuenta de un habitual del subgénero, Roland Emmerich,  en la que quizá sea si no su película menos subversiva sí, al menos, la más difícilmente defendible en términos analíticos y que, sin embargo,  lleva a la gran pantalla ese pensamiento casi populista de querer depurar responsabilidades a los políticos de turno, al menos desde un plano emocional (cualquier otro camino parece ya utópico),  derribando los símbolos que refrendan su estatus (precisamente, ese que generosamente le regala la propia ciudadanía cada cuatro o cinco años).    

Mientras llega la cuarta (sí, cuarta) parte del Roddick de David Twohy, uno de mis directores de cabecera con permiso de Neil Marshall (quien, por cierto,  tiene en cartera uno de sus proyectos más apasionantes de la próxima temporada: The Last Voyage of the Demeter), y la penúltima (esto es un deseo) obra de Miyazaki, que ya ha reventado las taquillas de Japón y que a buen seguro me reconciliará con el Cine de Animación de perfil alto, uno no puede permanecer al margen de lo que ocurre en el ecosistema en el que habita, casi siempre hastiado por las corruptelas lamentables que nos rodean a todos los niveles, observando, de momento desde la barrera,  cómo se destruyen sine die conquistas socio-laborales (muchas de ellas bicentenarias) en pro de intereses cada vez menos subrepticios con la connivencia paccionada de políticos de medio pelo, cazafortunas de gomina y corbata y demás vividores que, al mismo tiempo que convierten una profesión de servicio público en un cortijo privado (y/o privatizado)  tratan de reequilibrar las rentas (¿lo adivináis?) de esos mismos banqueros que ayudaron a perpetuar este nuevo modus vivendi.  Entretanto la Iglesia sigue tomando posiciones de ventaja en un campo de juegos sagazmente pergeñado por sus dadores desde hace milenios, cuan Lannisters de turno, mientras el mundo cultural se ahoga (y aburre) por falta de patrocinios y voluntad generalista; un caldo de cultivo ideal para que nuestras neuronas, cada vez más hiper-ventiladas gracias a elementos de consumo que no necesitamos, se perviertan de ideogramas conformistas, adocenados y sumisos tratando por todos los medios no ya de (r)evolucionar el mundo que nos han dejado, que es lo que nos tocaría generacionalmente,  si no de quedarnos como estamos, por muy amenazados/erosionados que sintamos nuestros cimientos existenciales.

Por fortuna, este fin de semana empieza La Liga…

El futuro

Fragmento del guión de "Johnny cogió su fusil" de Dalton Trumbo

Le había contado su secreto. Y negándoselo, ellos le habían contado el suyo. Él era el futuro. Era una imagen perfecta del futuro y ellos temían que alguien se diese cuenta de cómo era el futuro. Ya estaban previéndolo. Estaban vislumbrando el futuro. Y en ese futuro veían la guerra. Para librar esa guerra necesitarían hombres. Y si los hombres veían el futuro, no querrían luchar. Así que enmascaraban el futuro. Mantenían el futuro en un secreto quedo, callado, letal. Sabían que si la gente poco importante, que si los insignificantes veían el futuro, empezarían a hacer preguntas. Harían preguntas y encontrarían respuestas. Y a los tipos que querían que lucharan les dirían:  "Mentirosos, ladrones, hijos de puta, no queremos combatir, no queremos morir. Queremos vivir. Nosotros somos el mundo, somos el futuro y no dejaremos que nos despedacen, digan lo que digan, den los discursos que den, escriban las consignas que escriban. Recuerden bien: Nosotros somos el mundo. Nosotros lo hacemos funcionar. Hacemos el pan, la ropa y las armas. Somos el eje de la rueda, los radios, y la propia rueda. Sin nosotros serían gusanos hambrientos y desnudos. Y no moriremos. No seremos nosotros quienes muramos, serán ustedes. Ustedes, los que nos impelen a batallar. Ustedes que nos controlan a nuestro pesar. Ustedes que harían que un zapatero matara a otro. Ustedes que harían que un trabajador matara a otro. Ustedes que harían que un ser humano que sólo quiere vivir, matase a otro ser humano que sólo quiere vivir. Si nos dicen que hagamos este mundo seguro para la Democracia lo tomaremos en serio y, por Dios y por Cristo, así lo haremos. No se equivoquen. Viviremos. Estaremos vivos y caminaremos, y hablaremos y comeremos, y cantaremos y reiremos y sentiremos y amaremos,y tendremos nuestros hijos con tranquilidad, con seguridad, con decencia, en Paz".

Kocár do Vídne (1966) de Karel Kachyna

Kocár do Vídne (1966) de Karel Kachyna

Una pequeña obra maestra... 

De "A serbian film" a "Uncle Boonmee": lo que 2010 nos deparó

Leer artículo completo en séptimovicio.com: 

“A Serbian Film” desveló, ya desde sus primeros pases en el Mercado de Cannes (todos rebosantes), sus intenciones polémicas, polemistas y provocadoras. También una casi total ausencia de (buen) gusto, así como una ingente colección de secuencias turbias, además de controvertidas, de pretensión metafórica, según aseguraba el director. Nada que no se hubiese visto ya con anterioridad, en todo caso, a pesar de su radicalismo autoconsciente. De forma adicional, fue capaz de poner en el candelero una cuestión que parecía ya superada, la censura, y además fue capaz de hacerlo con un grado tal de afectación en la opinión pública que obligó a la justicia a tomar las riendas en el asunto (lo que tampoco parece un asunto menor). La cuestión, de hecho, no es menos peligrosa en el plano efectivo de cara a un futuro, donde no sólo se vincularía la necesidad de exponer previamente una obra cinematográfica a un tribunal inquisidor, so pena de secuestro y/o linchamiento público, como que ese propio tribunal, cuya formación artística sería manifiestamente cuestionable, pudiera sentirse con el privilegio de decidir, en función de una serie de criterios subjetivos (y por tanto, discutibles) acerca de lo que un adulto, mayor de edad (que puede votar pero no puede decidir lo que es conveniente para si mismo en términos artísticos) pudiera o no pudiera ver representado en un producto de ficción. No en vano, lo que ahora pretenden los defensores (no por casualidad, auto-erigidos guardianes de la moral y la rectitud pública) de esta política censora.

 

 

Horror

Horror

"Nothing is more fantastic than the human brain. Fear, horror, terror are in us. Rightly or wrongly, we all carry in us a felling of guilt. Cruelty flows in our blood, even if we have learned to master it... Now, a good horror films is one that best awakens our old dormant instincts". Jacques Tourneur.

Carpenter revivido

Parece que no va a volver nunca pero sus seguidores no dejamos de intuirlo en la mitad de las producciones de cine fantástico actuales. Con un agravante: sus imitadores ya no ofrecen coartada alguna ni mucho menos una máscara. Ahí nos queda The Mist, extraordinaria película de Frank Darabont, repleta de momentos plenamente carpenterianos, incluida su obsesiva fijación por Lovecraft. Pero, ocurre lo mismo con Shyamalan y El Incidente, una película imperfecta pero llena de jugosos matices y secuencias a la altura de los más grandes, especialmente de Tourneur o Alfred Hitchcock, que también acoje sustratos del Cine de Carpenter, especialmente relacionados con su espíritu. El colofón lo pone Doomsday (una cinta que dará que hablar -negativamente- pero que yo defenderé a capa y espada), la última película del gran Neil Marshall, en la obra-homenaje-a-carpenter por excelencia, repleta de un sinfín alusiones a su cine (especialmente a 1997... Rescate en nueva york), a su persona (uno de los personajes se llama Carpenter) o a los props que alguno de sus personajes (como el parche del ojo de la protagonista de evidentes reminiscencias snakepliskkianas) haría universal.

El Cine continúa su perpetuo proceso de fagocitación asimilando los dejes de aquellos que lo hicieron grande. Y Carpenter siempre fue uno de ellos. Como Hawks. Otro que debiera sentirse orgulloso de todo esto.

 

El hombre con rayos X en los ojos

Se prometió no ver más allá del infinito. Y no pudo cumplirlo. 

 


 

 

Algún día os hablaré de esta extraordinaria película.  

The Day the Earth Caught Fire

En El Día que la Tierra se incendió, Val Guest se olvida de Quatermass pero no de la ciencia ficción paranoica. Aquí no hay extraterrestres sino una excusa pacifista más que gozosa (el eje de la Tierra se ha girado como consecuencia de la explosión simultánea de dos bombas atómicas en ambos polos y nuestro planeta se acerca irremediablemente hacia el sol) que le sirve al bueno de Val Guest (lo he dicho más de una vez: un excelente director de Cine tremendamente infravalorado) para desarrollar una historia realista y comprometida, narrada desde un punto de vista periodístico pero sin negar la atención del espectáculo, ejemplificado aquí en los sucesivos desastres (nieblas impertinentes, tormentas eléctricas, calor infrahumano) que sirven de síntoma a la gran catástrofe que está por llegar.

 


 

El prólogo y el epílogo son excelentes. Más aún su plano final, ambiguo y honesto, con pocas dudas uno de los mejores del género. Entremedias queda la historia de amor (no exenta de cierto grado de erotismo) entre un escritor separado y una bella telefonista (magnífica Janet Munro) y un modo de entender la ciencia ficción catastrofista que haría sonrojar de vergüenza a individuos castrados de talento como Michael Bay.

Una cinta magnífica y recomendable que se merece un análisis más profundo, sin duda alguna, que el que precede a estas líneas. Otro día, quizá.

Próximamente... La Noche de Halloween...

Y Michael Myers

 

 

 

 

 

La gran putada

─ Al menos ha muerto por una buena causa.
─ ¿Qué causa es esa?
─ La libertad.
─ Aclárate las neuronas pardillo. ¿Crees que luchamos por la libertad? Esto es una matanza. Y si me van a reventar las pelotas por una palabra... mi palabra es "putada".

 


 

Universo Miyazaki

En preparación

 


 

¿Pío-pío-pi?

Oíd:

Billy Pilgrim ha volado fuera del tiempo.

Billy se ha acostado siendo un viejo viudo y se ha despertado el día de su boda. Ha entrado por una puerta en 1955 y ha salido por ella en 1941. Ha vuelto a traspasar esa puerta y se ha encontrado en 1963. Ha visto su nacimiento y su muerte muchas veces, según dice, y viaja al azar hacia cualquier momento de su vida. Eso dice.

Billy es espástico en cuanto al tiempo; no puede controlar lo que va a sucederle y sus excursiones no siempre son divertidas. Vive en constante temor, dice, pues no sabe nunca qué parte de vida le va a tocar representar al momento siguiente.
 
Esta vez otros contarán su cruzada y no precisamente George Roy Hill.
 
 
Aunque, pensándolo, tampoco lo hizo mal del todo.

El arte y la guerra

La preservación del Arte frente a la Guerra en forma de metáfora resumidora de buena parte de la cinematografía de Frankenheimer, no sólo uno de los grandes revolucionarios del medio provenientes del mundo de la televisión, también uno de los que más hicieron para perpetuarlo en nuestras retinas.

 

 

[John Frankenheimer -en francés

La secuencia: Primera Plana

Hay en Primera Plana/The Front page, Billy Wilder (1974) una secuencia que me gusta especialmente.

 


 

Un hombre condenado a muerte se escapa de sus captores el día antes de su ajusticiamiento. Mientras toda la ciudad lo esta buscando, la policía aprovecha para limpiar sus trapos sucios, por ejemplo, ajusticiando a un grupo de anarquistas en mitad de la noche. Entretanto, a nuestro amigo, herido por una bala perdida, le ha dado tiempo a esconderse solo a unos metros de donde le tenían preso, en concreto, en la sala de prensa que ocupan aquellos que van a radiar/retransmitir la ejecución.

El protagonista, un periodista a punto de retirarse interpretado con pulcritud por Jack Lemmon, le ayuda a ocultarse en el buró-escritorio de uno de sus colegas de profesión, en ese momento y como los demás, pendiente de las palabras del alcalde en el vestíbulo de la prisión. El periodista promete seguir ayudándole con la esperanza de poder contar en exclusiva la historia de su huida, en realidad, pretende ir publicando noticias y entrevistas de su persona que, en último caso, pongan en evidencia la incompetencia (de otro lado manifiesta) del Marshall y del Alcalde.

El reo mancha el escritorio con su sangre que el periodista se apresta a limpiar de inmediato para que nadie se de cuenta. Para ello utiliza uno de sus pañuelos que, cuidadosamente, dobla y vuelve a introducir en su chaqueta.

Cuando el periodista dueño del escritorio llega a la sala de prensa se empeña en abrirlo para escribir su crónica. Lemmon reacciona con varias excusas dilatorias que impiden, en primer término, al otro periodista escribir su información. En ese momento, Lemmon parece controlar la situación pero una última exigencia obliga al escritor a abrir definitivamente su buró. Cuando el reo está a punto de ser descubierto por el grupo, el personaje interpretado por Lemmon, reacciona súbitamente poniendo el pañuelo sobre el rostro del escritor y haciéndole ver que sufre de una hemorragia nasal que hay que cerrar rápidamente, enviándole al baño para que se cure y, tras él, envía a su imberbe ayudante al que secuencias antes Lemmon había advertido que aquel periodista al que acompaña debía ser la última persona con la que debiera coincidir en un cuarto de baño (insinuando, irónicamente, su supuesta condición homosexual).

Todavía sigue siendo una de las soluciones argumentales más divertidas que recuerdo.

Gwemoul: The Host (avance)

Una monster movie -con todos los ingredientes necesarios como para serlo- en la cual lo que menos importa al director es el monstruo, solo puede resultar una película de gran categoría. Y The Host no es, en absoluto, una excepción...

 

 


 

 

Un masaje en el pie

6. INTERIOR DEL ASCENSOR – POR LA MAÑANA

VINCENT: ¿Qué hizo? ¿Se la folló?

JULES: No, no, no, nada de eso. No fue nada tan malo.

VINCENT: ¿Qué pasó entonces?

JULES: Le dio a ella un masaje en el pie.

VINCENT: ¿Un masaje en el pie?

Jules asiente con la cabeza: «Sí».

VINCENT: ¿Y eso fue todo?

Jules asiente de nuevo con la cabeza: «Sí».

VINCENT: ¿Y qué hizo Marsellus?

JULES: Envió a un par de tipos adonde vivía el samoano. Lo sacaron a la terraza de su apartamento y le hicieron volar el culo por encima del balcón. El negro cayó cuatro pisos. Abajo había una especie de jardín cerrado con cristal, como los invernaderos. El negro lo atravesó. Desde entonces tiene problemas para hablar.

Se abren las puertas del ascensor. Jules y Vincent salen.

VINCENT: Es una maldita lástima.

 


 

7. INTERIOR. PASILLO DEL EDIFICIO DE APARTAMENTOS – POR LA MAÑANA

Jules y Vincent avanzan decididos por el pasillo.

VINCENT: A pesar de todo, quien juega con fuego, se quema.

JULES: ¿Qué quieres decir?

VINCENT: No se le da un masaje en el pie a la nueva esposa de Marsellus Wallace.

JULES: ¿No crees que tuvo una reacción un tanto exagerada?

VINCENT: Probablemente, Antwan no esperaba que Marsellus reaccionara de ese modo, pero tenía que esperar alguna reacción.

JULES: Sólo fue un masaje en el pie. Eso no es nada. Yo le daría un masaje en el pie a mi madre.

VINCENT: Eso es como ponerle las manos encima a la nueva mujer de Marsellus Wallace de una forma demasiado familiar. No es tan malo como comerle el coño, pero estás en el mismo terreno de juego.

JULES: Eh, eh, alto ahí. Comer el coño a una zorra y darle un masaje en el pie no es lo mismo.

VINCENT: No he dicho que sea lo mismo, sino que es el mismo terreno de juego.

JULES: Tampoco es el mismo jodido terreno de juego. Mira, quizá tu método de dar masaje sea distinto al mío, pero tocarle los pies a la dama y meterle la lengua en su cueva más secreta no es el mismo terreno de juego, no es la misma liga, ni siquiera es el mismo jodido deporte. Los masajes en el pie no significan una mierda.

VINCENT: ¿Has dado alguna vez un masaje en el pie?

JULES: No me hables a mí de eso. Soy un maestro dando masajes en el pie.

VINCENT: ¿Das muchos?

JULES: Joder, sí. Tengo mi propia técnica. Ni siquiera hago cosquillas.

VINCENT: ¿Le has dado alguna vez un masaje en el pie a un tipo?

Jules lo mira durante un largo rato. Se muestra enojado.

JULES: Que te jodan.

Echa a caminar por el pasillo. Vincent, sonriente, camina un poco por detrás de él.

VINCENT: ¿Cuántos?

JULES: Que te jodan.

VINCENT: ¿Me darías a mí un masaje en el pie? Estoy un poco cansado.

JULES: Será mejor que te calles. Empiezo a estar harto. Eh, ésta es la puerta.

Los dos hombres se detienen delante de una puerta que ostenta el número «49». Susurran entre sí.

JULES: ¿Qué hora es?

VINCENT (comprueba su reloj).: Las siete veintidós de la mañana.

JULES: Todavía no es la hora. Esperemos un poco.

Se apartan un poco de la puerta, situándose uno frente al otro, y siguen hablando en susurros.

JULES: Mira, el hecho de que yo no le dé un masaje en el pie a un hombre no le hace a Marsellus tener derecho a arrojar a Antwan desde lo alto de un edificio sobre un jodido invernadero y fastidiarle su jodida habla al negro. Eso no está bien, hombre. Si algún hijo de puta me hiciera eso a mí, sería mejor que me paralizara algo más que el habla, porque lo mataría.

VINCENT: Yo no digo que él tuviera razón, pero tú dices que un masaje en el pie no significa nada, y yo digo que sí. Le he dado millones de masajes en el pie a un millón de mujeres y todos significaron algo. Actuamos como si no, pero tienen un significado. Eso es lo cojonudo del asunto. Estas cosas sensuales continúan y nadie habla de ellas, pero uno lo sabe, ella lo sabe, el puto Marsellus lo sabía y Antwan debería haberlo sabido...

[Quentin Tarantino: Pulp Fiction, 1994]

 

El hombre, el monstruo y el olvido

Esta tarde, devorado por la desidia, me tropezaba con el visionado de una de mis películas favoritas: El Hombre y El Monstruo (Dr. Jeckyll y Mr. Hyde, 1931).


Pocas veces se recuerda al georgiano Rouben Mamoulian como el gran creador de Cine que siempre fue, director visionario, hombre orquesta, perfecto conjugador de talentos, cineasta innovador, inventor de fórmulas, re-elaborador de técnicas cinematográficas aún en uso.

 
Generalmente subyugado por el aviejamiento de su contenido conceptual (a pesar de ser uno de los maestros de lo implícito), el cine de Rouben Mamoulian, sin embargo, sigue estado plenamente vigente en el análisis de sus soluciones formales: planos subjetivos prolongados, pantalla dividida en dos, elipsis en transposición, transiciones sincopadas, planos circulares, profundidad de campo, superposiciones de planos, flashback oníricos, dirección de arte expresionista, montaje simbólico y narrativo... son algunas de las argucias técnicas diseñadas por Mamoulian para vencer el aspecto teatralizado y estático de las primeras películas sonoras.  

 
El Hombre y el Monstruo ofrece un catálogo documentado de todas estas técnicas, revolucionarias del todo punto en la producción norteamericana anterior a 1931, a las que añade un contenido conceptual en el que evoca la dualidad del individuo, provocado por la castración imperante en la sociedad que lo contiene,  como parte de un entramado repleto de erotismo y violencia. Un magnífico ejemplo de la breve pero apasionante cinematográfica de uno de los nuestros, de vez en cuando olvidado, cineasta maldito pero eterno:  Robert (Rouben) Mamoulian.

De gozos, pozos e injusticias

a)      Bien. Esta vez no habrá ensañamiento. El propio Scorsese es el primero en saber que su premio es exagerado, impropio, en cierto modo, una especie de provocación. Más que nada porque este año se habrán estrenado más de una veintena de películas mejores que la suya. Ron Howard, director de la vilipendiada Una Mente Maravillosa y miembro, como aquél, de la generación de los setenta (aunque en su faceta como actor), al fin podrá descansar tranquilo: ya hay alguien que lo puede hacer peor... y demostrarlo. Además era predecible: por eso subieron a entregárselo Coppola, Lucas y Spielberg. Para justificar su presencia, se presentaron ganadores de anteriores ediciones. A lo que Lucas preguntó: “Entonces, ¿qué hago yo aquí?”. González-Iñarritu sabía la respuesta pero trataba de mantener la calma (y la deportividad) esperando, goloso, el premio a la mejor película.

 

b)      Aquí se sorprendió hasta Scorsese. Su película se había hecho un hueco en el firmamento cinematográfico. Ya no lo recordarán por ser el director de Malas Calles, Taxi Driver, Toro Salvaje, Godfellas, Casino o Gangs of New York... sino por ser el responsable del primer remake de una cinta hongkonesa que logra ganar el Oscar a la mejor película. Iñarritu volvía a la realidad: Estados Unidos todavía no está preparado para que un mexicano triunfe, sin discusión, en su ceremonia más universal. Paciencia. Con Scorsese ya obtuvieron recompensa todos los que se lo merecían. Nicholson, mientras tanto, se descojonaba.

 

c)       Para entonces, ya veis, The Departed ya se había llevado dos premios más: El de montaje que fue para Telma Schoonmaker, habitual de Scorsese y de los Oscars y viuda del gran Michale Powell; y William Monahan, que se llevó el Oscar al mejor guión adaptado...  [risas enlatadas]

 

d)      Por supuesto: no había habido ninguna sorpresa destacable en toda la noche. Ganó Helen Mirren por su papel de Reina de Inglaterra, unos meses después de haber encarnado para la pequeña pantalla el papel de Elizabeth I, y veinticinco años después de interpretado a Morgana con mayor ardor que contención. El momento hilarante de la noche, sin embargo, estaba por venir: y es que todas las actrices disfrutaron de su correspondiente recordatorio audiovisual con la forma de un fragmento representativo de su labor en los filmes... a excepción de Penélope Cruz, a la que recordarón, sí, en un momento de su película ciertamente castrador: el playback del “Volver” de Estrella Morente... Nadie pudo contener la sonrisa.

 

e)      Como tampoco lo hizo Al Gore, el segundo ganador de la noche, con una cuota de pantalla solo comparable a la de la presentadora, Ellen Degeneres (más adusta de lo esperado) y a la de Jack Nicholson (que, por supuesto, seguía descojonándose). Gore hizo campaña y ecologismo: nos recordó nuestro futuro sonrojante y su verborrea imparable, y olvidó al lado de los suyos lo mal que le supo perder... en los tribunales. Perdió, por cierto, Jesus Camp, un documental acojonante y acongojante, una suerte de terror en formato docudramático muy en la linea de los mejores trabajos de Michael Moore.

 

f)        Los españoles bien, gracias. Ni Borja (Cobeaga) ni Javier (Fesser y Navarrete) ganaron pero sí lo hicieron la dirección artística y el maquillaje de El laberinto del Fauno. Esto es más que meritorio. Primero, por ser una producción española. Segundo, y visto lo visto, por ser una producción mexicana.

 

Ellos se lo pierden, claro.

 

 

Ante-Crónica

Éramos pocos y faltaba Pe. Es decir, Penélope, o lo que es lo mismo: La Raimunda. El mejor personaje parido por Almodóvar, un cineasta esencialmente autocomplaciente y sobrevalorado que recupera en Volver, sin embargo,  algunos de los mejores segmentos de su obra, en especial, los fantástico-costumbristas que definían a su historia más recordada. Sí. Claro, Qué he hecho yo para merecer esto.

 

Eso mismo debe pensar Scorsese. Favoritos para todos menos para mí con una de sus peores producciones y, sin duda, la más arquetípica, The Departed, una película que tiene el absurdo privilegio de contener el mayor número de interpretaciones sobrepasadas de la historia... A pesar de Leo, sí, y su esfuerzo por imitar a De Niro: algo que no hace en Diamantes de Sangre y por eso se lo agradecen, cómo no, nominándole. Otra más. Pronto tocará su turno.

 

Porque aquí se trata de hacer cola. Por eso ninguno de los que apoyan a Éramos Pocos lo hacen con Binta y la gran idea, que es un buen corto, incluso mejor corto que el de Borja Cobeaga, a pesar de que ambos comparten la inequívoca condición de ser obra honesta y mordaz.

 

Es una buena noticia para el País de la Industria Cinematográfica que No Existe, éste, como lo es para México el hecho de que tres de sus mejores directores acaparen por sus películas tantas y tan gozosas nominaciones. Mi favorito era Cuarón, no por casualidad olvidado, ya lo sabéis, pero me conformaría con ver ganar unas cuantas estatutillas a El Laberinto del Fauno y Babel, dos películas irregulares pero personalísimas, que merecen, seguramente más que otras, las bondades y dividendos de un reconocimiento como éste, un ceremonial de carácter universal,  a pesar de que todos sepamos que, en realidad, no es sino un aparatoso artefacto mercadotécnico.

 

Al igual que el Cine, sí. Pero aquél con tres segundos de retraso.

Que viene... que viene!

¿Qué llegará antes: Apophis o el oscar a Scorsese?

 

 

 

No me preguntéis la preferencia.